PEDAGOGÍA DE SAN JUAN DE LA CRUZ

FORMADOR EN VIDA Y PRAXIS

P. Jean Abdo ocd- Libano

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INTRODUCCIÓN

La pedagogía de Dios es «El fin y estilo que Dios tiene en comunicar al alma» (2S, 17). Expresión precisa que puede dar una forma física y concreta a nuestro presente tema. Un trabajo que pretende tener como objetivo, el estudiar la manera y el cómo Dios nos va formando a lo largo de nuestra existencia humana. Siempre, y a través de la persona y los escritos de San Juan de la Cruz -especialmente en Subida y en Cántico- iremos descubriendo al Dios que nos ama tanto, y que por este mismo amor, se preocupa por educarnos a través de muchos medios, con el fin de alcanzar la divina unión amorosa con Él. Esta es la intención última y definitiva de Dios para con nuestra educación humana y espiritual. Al mismo tiempo, nos vamos adentrando en una aventura mística que puede ser del todo entendida, por quienes tienen una experiencia previa de Dios.

Diversas son las motivaciones por las que nos pareció útil afrontar dicho tema: En primer lugar, por la actualidad e importancia que tiene el tema hoy día, no sólo en cuanto se refiere a la vida religiosa y consagrada en general sino, más aún, para toda clase de personas, porque entendiendo cómo Dios nos forma en el largo camino de nuestra vida, resulta más fácil asimilar y comprender las necesidades de los demás al hacer este recorrido hacia la unión con Él. Dios llama a todo hombre a la comunión con Él, y su deseo «está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Él encontrará la verdad y la dicha que no cesa de buscar» (CIC, n. 27).

Juan de la Cruz nos descubre el método y la forma que tiene Dios en su pedagogía para con el hombre, revelándonos el secreto del camino que conduce a Él. Si el hombre da un mínimo paso hacia Dios, Éste dará muchos más pasos hacia él. Es un círculo amoroso de búsquedas continuas, donde se vislumbra un fabuloso encuentro unitivo entre dos amantes que se quieren.

En segundo lugar, mi elección por esta cuestión, nace de una cierta sensibilidad personal al tema pedagógico de Dios. Sensibilidad que surgió desde un encuentro con el Dios de Jesucristo promovido por la persona y la doctrina de Juan de la Cruz. Esto mismo me estimuló a dar un pequeño y humilde aporte a la abundante bibliografía sanjuanista. Este tema es muy poco investigado por los especialistas sanjuanistas tal como aparece en nuestro presente trabajo, de una forma analítica y centralizada; sin embargo, se ha insinuado mucho al tema de la pedagogía divina, dentro del conjunto y del sistema espiritual de nuestro Doctor Místico. Por nuestra parte, hemos preferido dar mayor enfoque al tema de la pedagogía divina, que a la línea espiritual sanjuanista. Por eso, y visto desde esta perspectiva, nuestro trabajo, aunque formará parte integrante e imprescindible del sistema sanjuanista, no obstante, tendrá un análisis centralizado y casi exclusivo hacia el estudio sobre la pedagogía de Dios.

El título fue escogido del segundo libro de Subida y especialmente del capítulo 17, donde Juan de la Cruz nos transmite con una exquisitez y finura espiritual casi original los tres modelos que moderan y modelan la pedagogía divina: el orden, la suavidad, y el género propio de cada persona humana. En esta pedagogía divina, el misterio de la Encarnación, forma el núcleo central de este orden práctico del caminar hacia la unión con Dios.

Para nuestro propósito, estructuraremos este trabajo en tres capítulos. El primero, quiere presentar, más bien, los valores pedagógicos que nos ofrece San Juan de la Cruz a través de su persona, ayudándonos con su ejemplo para alcanzar la meta de nuestra llamada a la santidad, es decir, a la unión con Dios. No hemos querido hacer historia, sino revelar estos datos pedagógicos de su vida como excelente pedagogo humano-espiritual que fue. Juan de la Cruz, por medio de su persona, nos transmite un verdadero ejemplo de la «fe evangélica». Tiene por tanto «un mensaje que él, desde las condiciones históricas de su tiempo, encarnó en su corazón y en su vida, y que continúa siendo fecundo en la Iglesia».

El segundo capítulo es eje central. Vistos, en el primer capítulo, los valores pedagógicos de la persona de San Juan de la Cruz, dejamos ahora que el mismo Dios asuma los mecanismos de esa misma pedagogía, y esto lo haremos a través de la Subida del Monte Carmelo. «Dios mueve todas las cosas al modo de ellas» (2S, 17, 2), y si Dios hace esto, «no es porque sea siempre necesario guardar este orden de primero y postrero», sino «porque a veces hace Dios uno sin otro», «pero la vía ordinaria es conforme a lo dicho» (2S, 17, 4).

Dios va modelando a cada uno según conviene. Para hacer esto, Dios hace entrar al hombre en la purificación activa y pasiva de su fe. Por tanto, la entrada en la Noche es obvia para todo hombre que anhela la comunión con Dios. En realidad, se trata de un verdadero y largo camino, en el cual, el hombre va avanzando en la fe que «es oscura como la Noche». (1S, 2, 1). Siempre por su iniciativa, Dios introduce al hombre en la Noche purificativa de su fe, sea activa o pasiva, y esto lo hace para educarle al mismo proceder de Dios, es decir, para que pueda participar de su mismo Ser. Ahora bien, el cómo, el cuándo, el dónde y el por qué lo hace Dios de esta manera, sólo y únicamente Él lo sabrá, y lo transmite a cada uno, educándole hacia la divina unión con Él. La presencia de Jesucristo, en todo este camino, es decisiva y por eso Dios, en su sabia pedagogía, nos marca el camino, ya desde el inicio, para poner los ojos y mirarle sólo a Él. 

En el tercer capítulo, pretendemos adentrarnos de lleno en la transformación amorosa de los dos amantes. Es decir, después de que el alma, siempre empujada por Dios, ha hecho la gran parte del camino que le corresponde y ha dejado todo atrás, para buscar a su Amado Cristo, no le queda nada más que esperar con paciencia y desnudez el encuentro con su Amado. Esto es lo que llamamos “la pedagogía de la vida nueva en Cristo y de la oración”, y lo hacemos basándonos en el Cántico espiritual. Todo el fin de la pedagogía de Dios, es llevarnos a este estado de vida, es decir, vivir desde Cristo transformándose cada vez más en su Espíritu, que a su vez continúa la tarea inicial de Dios, es decir, transformar al hombre continuamente en Cristo. Este camino se hace cotidianamente en la oración, cuya finalidad es encontrarse constantemente con Dios.

En todos los capítulos estará siempre presente esta pedagogía de Dios. Por tanto, en nuestra exposición recorreremos, de alguna manera, tres veces el mismo camino, pero desde diversos puntos de vista, es decir, veremos cómo Dios nos va llevando poco a poco hacia la fuente del manantial vivo que nunca se seca. En el primero, se exponen los valores pedagógicos de un hombre que ha conocido y vivido profundamente a Dios en la historia, por tanto, movido por la presencia de Dios en todos los tiempos. Su ejemplo puede ser un espejo clarividente para todos los estilos de vida, tanto para los que viven su relación con Dios en la vida normal y corriente, como para quienes viven esa experiencia de Dios en la vida consagrada. En el segundo capítulo, se expone el proceso pedagógico de Dios que ama al hombre en la historia. El tercero, ya es el resultado de esa pedagogía divina para con el hombre, es decir, su transformación total en la vida nueva de Cristo.

En consecuencia, consideramos que el mensaje sanjuanista tiene vital importancia para el mundo de hoy. El vigor de su palabra tiene, hoy día, más efecto que nunca. Con Juan de la Cruz, aprendemos a ensanchar el horizonte de nuestra realidad, hasta perdernos en el Infinito, que nos lleva a adentrarnos en el centro más profundo del alma; hasta introducirnos en el Misterio Trinitario de Dios, que no sólo es real sino que es la fuente misma de toda la realidad.

El educar de Dios al hombre, no sólo es adaptarse a su paso, sino que es “adamarle” con paciencia, es decir, “amarle duplicadamente”. Por eso Dios condescendió, para volver a darnos la vida perdida en el pecado. Este, ya no tendrá ningún poder sobre el hombre, aunque sea el más pecador del mundo porque Dios mora en su corazón. Su gracia le acompañará a lo largo de toda su existencia humana. El hombre, colaborando con esta gracia, recobra su primitiva imagen y semejanza de Dios.

Algunas aclaraciones que nos parecen importantes: En muchas ocasiones, nos referimos a San Juan de la Cruz con los términos utilizados por los diversos sanjuanistas, como pueden ser: “el Santo”, “nuestro Doctor Místico o Universal”, “el Doctor Abulense o de Fontiveros”...

Seguimos también las normas metodológicas ofrecidas por la Universidad. Al citar una obra, a la cual nos hemos referido antes, colocaremos o. c., seguida por el título de la obra. 

Nuestro trabajo terminará con unas conclusiones que ayuden a concretar y matizar el objetivo propuesto. En la bibliografía final, colocaremos todos los libros que nos ayudaron, de una manera o de otra, a desarrollar el tema central de nuestra exposición.

Finalmente, aprovecho esta introducción para agradecer a Secundino Castro, Doctor en Teología y profesor en esta Universidad Pontificia de Comillas, quien ha dirigido con paciencia este presente trabajo. Su claridad, su capacidad crítica y científica y su soporte permanente, hicieron posible la realización de dicho trabajo. Sin olvidar el apoyo de varias personas que, directa o indirectamente, me manifestaron su aliento constante para seguir adelante en el camino de la investigación. A todas estas personas, vayan mis sinceros agradecimientos.

Con este trabajo pretendemos dejar la puerta abierta a un futuro y posible trabajo posterior, más amplio, siempre en la línea mística de Juan de la Cruz, comparada con otras místicas. Pensamos así y nos interesamos por este asunto, porque creemos que la mística, hoy día, puede ofrecer grandes respuestas a todos aquellos, que de un modo u otro, pretenden encontrar, desde sus vivencias personales, una experiencia profunda de Dios. 

Ojalá, pues, podamos dejar que la voluntad de Dios actúe en nosotros, y desde allí interpele nuestra conciencia y nuestro corazón, haciendo real y posible que Dios «va llevando el alma de grado en grado hasta lo más interior». (2S, 17, 4).


 

CAPÍTULO PRIMERO

PEDAGOGÍA DE SAN JUAN DE LA CRUZ

FORMADOR EN VIDA Y PRAXIS

Juan  de la Cruz: una escala de valores

Quizás, lo mejor sería empezar nuestro presente capítulo haciendo un breve recorrido sobre la historia elemental de Juan de la Cruz, que nos puede aclarar muchos puntos de su vida, como pedagogo y formador, y también como hombre de innumerables valores humanos y cristianos.

Hablar de la historia de Juan de la Cruz no es nada fácil, porque mientras a ciertas figuras del siglo dieciséis español se las exalta desmesuradamente, a fray Juan de la Cruz se le suele presentar sin relieve y sin brillo. Continúa siendo una difícil labor para los historiadores y biógrafos de Juan de la Cruz ir aclarando datos sobre los orígenes familiares, día de su nacimiento... etc, aunque la declaración de san Juan de la Cruz como Doctor de la Iglesia Universal, el día 24 de agosto de 1926, ha adelantado las investigaciones autobiográficas. De ellas y de otras vamos a sacar los datos más importantes.

Siendo bien conocida la historia general y de España correspondiente al Siglo de Oro, no será necesario repetir aquí hechos destacados.

Juan, nace en Fontiveros (Ávila), el año 1542, tercer hijo del matrimonio Gonzalo de Yepes y Catalina Álvarez. Le precede su hermano mayor, Francisco. El segundo, Luis, muere todavía niño. En 1545 su padre muere cuando aún era niño. La madre se traslada con sus hijos a Torrijos y Gálvez (Toledo) en busca de ayuda. Luego regresarán a Fontiveros. En 1549-50 se trasladan a Arévalo (Ávila), alojándose en casa de un comerciante y tejedor. Parece que, para entonces, ya ha muerto Luis.    

Lo importante de estos elementos históricos no es tanto repetir datos y hechos destacados, sino más bien ir constatando la realidad de la pobreza cruel y de la miseria humana que le tocó vivir a Juan de la Cruz y que, en mi opinión, le marcó la vida entera, dejándole profundamente tocado y sensiblemente presente en todos los acontecimientos de la vida a su alrededor. De ahí, se comprende que Juan de la Cruz, hombre de fuerte experiencia personal, supo educar a la nueva generación de su tiempo y con la misma sensibilidad personal, en los caminos de Dios y con la transparencia que supone este ritmo pedagógico.  

Tres años más tarde, se trasladan a Medina del Campo, una ciudad traficante y con mucho dinero. En Medina, Juan de la Cruz pasa al Colegio de la Doctrina, especie de orfanato para niños pobres, en régimen de internado. Allí aprende bastantes labores e inicia la formación cultural; a la vez pide limosnas para el centro. Se muestra especialmente idóneo y ejemplar en el servicio litúrgico, al que dedica cotidianamente cuatro horas por la mañana, en la iglesia de la Magdalena. Al mismo tiempo se procura enseñarles algún oficio. Juan ensaya los de carpintero, entallador y pintor. Durará apenas meses en cada uno. «A ninguno de ellos asentó, aunque era muy amigo de trabajar», dice su hermano Francisco. Más tarde, hacia 1552, entra a servir en el Hospital de la Concepción o de “las bubas”, sirviendo en el mismo y pidiendo limosnas para la institución y enfermos. Años más tarde, hacia 1559, frecuentará el Colegio de los Jesuitas, donde será uno de los discípulos del Padre Juan Bonifacio y Gaspar Astete. Estudia latín, retórica y humanidades.

En 1563 decide entrar en el Carmen de Medina, adoptando el sobrenombre de Juan de Santo Matías. Su elección de la Orden del Carmen fue plenamente libre y personal, motivándole el vivir la soledad y la vida contemplativa y ser devoto de la Santísima Virgen. Desde el año 1564 hasta 1568 es estudiante de filosofía y teología en Salamanca, hasta que Santa Teresa de Jesús le invita a tratar con ella los asuntos de la reforma Carmelitana en Medina del Campo. De ahí en adelante, Fray Juan será el primer iniciador del Carmelo Teresiano con el nuevo apellido de “Juan de la Cruz”. (1568-1578... [1591]). Juan de la Cruz se une al proyecto de Teresa, a condición de «que no se tardase mucho», y se le abre un mundo nuevo de vida, como religioso, reformador y escritor.

El año 1591, será el desenlace, tanto de las tensiones que se han creado en el Gobierno General, como de la vida terrestre de Juan de la Cruz. Muere, con fama de santidad, en Úbeda, en la medianoche del 14 de diciembre.

A Juan de la Cruz, le tocó vivir en un momento señalado de la historia de España. Es interesante recordarlo. Y la vivencia sanjuanista tiene características que se deben conocer a fondo, para no falsear su figura en un ambiente que lo justifique. No es explicable la figura de Juan de la Cruz fuera de su contexto vivencial histórico. Pero aún así, su personalidad resulta deformada por nosotros si no lo comprendemos a fondo y lo integramos como él es, y no como queremos que lo sea. Hay que confesar que no es nada fácil, presentar la figura objetiva del Santo con los pocos datos que tenemos a mano. 

En nuestro análisis sanjuanista, hemos de ir más allá de ese profundo silencio interior y exterior que encierra su alma y que, desde luego, ha engañado a muchos, haciéndoles creer que Juan de la Cruz pasa toda su vida en el desierto, sin aparecer a la vida del mundo. «Aquel fraile de tan exiguo porte no ha conquistado Indias, por supuesto, no ha sufrido las peripecias de la ruta a la intemperie, ni siquiera ha salido de su rincón ni de sí mismo». Al contrario, Juan de la cruz conoce muy bien su entorno y el mundo en el que vive. Sus premisas veladas, sus referencias genéricas son suficientes para comprobar que conoce bien el mundo que le rodea. Fray Juan no fue ni un rehuído, ni un exiliado de su mundo. Lo vivió con todas sus consecuencias y responsabilidades, con la intensidad de una sensibilidad depurada de intereses y de pasiones egoístas. Por eso lo asumió sin dependencias ni esclavitudes. Como un liberador liberado.   

El rumbo de este pequeño índice histórico, no está tanto en repetir datos de la historia, cuanto en revelar valores pedagógicos de Juan de la Cruz. Por lo tanto, y a lo largo de este capítulo, nuestra intención no será hacer historia o hagiografía sanjuanista (de la cual, ya tenemos mucha bibliografía), sino ir descubriendo, poco a poco, las cualidades pedagógicas de un hombre normal, poeta exquisito, místico soberano y Santo perfecto.  

a.-  El vivir religioso: vida de piedad, vida de comunidad, trabajos manuales...

Los escritos y la persona de Juan de la Cruz han tenido una trayectoria de afirmación muy lenta. Estamos en el tercer milenio, es ahora cuando empiezan a serle reconocidos sus grandes títulos: máximo poeta lírico, doctor de la iglesia universal, teólogo místico, pensador profundo, astro de primera magnitud en la espiritualidad cristiana... etc.  Muchos de sus afanes, aspiraciones, temores, ya no son los nuestros, pero su confrontación con diferentes culturas y experiencias destacan muy bien los rasgos esenciales de su personalidad como Santo religioso y autor persuasivo.

Juan de la Cruz habla por sí mismo al lector moderno, a través de su vida entera, sus escritos, su forma de vivir simple y serena, su carácter apacible y su personalidad sensible. Lo invita y lo persuade para agradar a Dios y hacer el bien al prójimo, dejando aparte todo lo que puede ser una barrera entre la persona y su creador. Así pues, fue Juan de la Cruz, un pedagogo realista, amante de la llaneza, que sigue siendo -hoy día, más que nunca- un verdadero encanto que atrae con su fuerza animadora a quienes anhelan beber agua de vida eterna.   

Nuestro doctor místico es un hombre creyente y contemplativo insaciable, que se revela en sus escritos. Son manifestaciones de todo su ser. Aunque no nos ha dejado escritos autobiográficos, sin duda alguna, sus obras mayores y su poesía recogen y proyectan el secreto de su persona y de su experiencia con mayor fidelidad de lo que pudieran haberlo hecho escritos intencionadamente autobiográficos; por otro lado, quien valora a Juan de la Cruz sólo por sus escritos, queda extrañado y casi desilusionado, al verle por ejemplo, dedicando mucho tiempo a actividades o trabajos manuales que hubiera podido hacer cualquier otro fraile con menos talento, ocupando largas horas en la dirección espiritual... En fin,  «No es la obediencia la que impone a Juan esa jerarquía de actividades: la escoge él mismo. Esto significa, que a sí mismo, no se valora ante todo como escritor. Lo primero es vivir la realidad cotidiana, las responsabilidades inmediatas, ayudar a quienes encuentra en su camino». Acoge cuanto le viene del ambiente; busca asiduamente lo que está a su alcance: ciencia, artes, virtud...

Vivió como carmelita, sin apenas relacionarse con otras Ordenes religiosas. Otro rasgo que le diferencia de la madre fundadora, Teresa de Jesús. Dentro de la orden reformada, aunque tuvo cargos, vivió más bien al margen de los difíciles problemas sociales y de gobierno que entonces se agitaban atrozmente. Vive su vocación personalmente, sin afán de imitar a los primitivos ni diferenciarse de los calzados, porque su primer objetivo en la vida religiosa no es todo esto, sino que reside únicamente en la meta radiante de la unión con Dios que se traduce, en consecuencia, en una transformación del ser humano; sin dejar lo que es, logra perfecta armonía interior y exterior, equilibrio perfecto entre deseos y realidades. Desaparece el «hombre viejo» y se realiza el nuevo. Se produce una especie de vuelta a la situación del paraíso, donde reinan la paz y la tranquilidad imperturbables. 

En la vida de Juan, la providencia de Dios gobierna todo y su pedagogía le enseña sus senderos: «Siempre el Señor descubrió los tesoros de su sabiduría y espíritu a los mortales; mas  ahora  que  la  malicia  va  descubriendo  más  su cara, mucho los  descubre» (D, 1). A esa cualidad trascendental, se puede denominar una personalidad de un solo ideal vivido, una vida unitaria ofrecida totalmente a Dios.

Desde sus primeros años de adolescencia, Juan conquistó la simpatía de la gente que estaba a su alrededor, tanto con los que trabajaban en el “hospital de las bubas”, como con los que estudiaban en el colegio de los jesuitas en Medina del Campo. Allí aprendió trabajos manuales, vida de piedad, devoción a la Santísima Virgen e inclinación a una vida profundamente contemplativa.

En la Universidad de Salamanca, a Juan se le abre un mundo nuevo, donde descubre el horizonte de Dios. «Consta que en estos días comienza a preocupar a Fray Juan el problema místico. José de Jesús María, que se ha informado de los condiscípulos del propio Fray Juan, habla del estudio especial que hace de autores místicos, particularmente de San Dionisio y de San Gregorio». Esto es un ejemplo claro de que a San Juan de la Cruz le interesaban y le atraían únicamente las cosas de Dios. Sus condiscípulos le calificaban de «excelente».

En el aspecto religioso, Fray Juan tenía en el colegio de San Andrés una vida paradigmática. Vive en una habitación pequeña y oscura. El ventanillo da al sagrario. Fray Juan pasa largas horas de la noche en oración. Sus condiscípulos siempre lo admiraban por esa capacidad interior que le empujaba a poner su confianza sólo en su Creador y que le daba su fuerza para la virtud, siempre reconocida por sus compañeros y superiores. Se ha ganado esta fama por su vida sobria, mortificada, recogida. La vida entera favorece a formar al hombre total. Las diversas etapas las vive con plena dedicación, con profesionalismo y graban su temperamento de manera definitiva. 

Fray Juan de la Cruz tenía una fisonomía apacible. Un testigo traza en breves rasgos su figura:

«Conocí al padre Fray Juan de la Cruz, y le traté y le comuniqué muchas veces. Fue hombre de mediano cuerpo, de rostro grave y venerable, algo moreno y de buena fisonomía; su trato y conversación, apacible, muy espiritual y provechoso para los que le oían y comunicaban. Y en esto fue tan singular y proficuo, que los que le trataban, hombres o mujeres, salían espiritualizados, devotos y aficionados a la virtud. Supo y sintió altamente de la oración y trato con Dios, y a todas las dudas que le proponían  acerca de estos puntos respondía con alteza de sabiduría, dejando a los que le consultaban muy satisfechos y aprovechados. Fue amigo de recogimiento y de hablar poco; su risa, poca, muy compuesta. Cuando reprendía como superior (que lo fue muchas veces), era con dulce severidad, exhortando con amor fraternal, y todo con admirable serenidad y gravedad».

Juan de la Cruz fue un hombre espiritualmente coherente y esto se subraya en su manera de vivir y enseñar. Siendo muchas veces superior, respetaba siempre la opinión de los demás, amigo de oír y tomar parecer de todos. Él mismo confiesa que no entiende de negocios ni quiere tratos, pero cuando la obediencia le confía esa responsabilidad, no se agobia: « El Santo padre Fray Juan de la Cruz era un hombre que en negocios graves y dificultosos no se inquietaba ni ahogaba, antes conoció en él este testigo un gran corazón y ánimo varonil para vencer cualquier dificultad. Y así, ni en el gobierno de sus religiosos, ni en cosas de sus condiciones, ni en cosas de seglares..., ninguna cosa le hizo hacer mudanza».

El vivir religioso de Juan de la Cruz tiene una sola meta, y es la de agradar a Dios uniéndose a Él. Este ideal de unirse con Dios, le ha llenado los largos días y horas, al parecer muertas, de Duruelo. Su oración, espontánea  y casi continua, nos asombra hoy mucho más que la penitencia ponderada por Santa Teresa. Por tanto podríamos afirmar, sin lugar a dudas que San Juan de la Cruz es un contemplativo profundo, íntimo e integral. Estaba dispuesto a sacrificar todo, e incluso a sí mismo, por ese amor contemplativo que le daba fuerza para enamorarse de Dios. Ese Dios, que se adapta a nuestra humanidad, contentándose con nuestra buena voluntad: «¡Oh gran Dios de amor y Señor, y qué de riquezas vuestras ponéis en el que ni ama ni gusta sino de Vos; pues a Vos mismo le dais y hacéis una cosa por amor...! Él ordena nuestras pasiones... para que mayores sacrificios hagamos y más valgamos. Mas todo es breve; que todo es hasta alzar el cuchillo, y luego se queda Isaac vivo, con promesa del hijo multiplicado»  (Ep. n. 11).

Siempre Dios estaba presente en sus comentarios, de temas preferentemente religiosos, según decían los testigos: «El alma que anda en amor, dice él mismo, no se cansa ni cansa» (D., 96). Le salía espontáneamente de su interior: «Con verdad se podrá decir que esta alma está aquí vestida de Dios y bañada en divinidad, y no como por cima, sino que en los interiores de su espíritu» (C 26,1). La potencia particular y la íntima relación con Dios van más allá de la vida común y corriente. La elección teologal se hace tangible. En días de pobreza grande, siendo él superior, la comunidad baja al refectorio y bendice el pan. Aunque no haya nada que comer, la providencia es siempre buena, y tenemos mucho que agradecerle.

En el pensamiento Sanjuanista encontramos una gran dedicación al mundo del espíritu, -aunque con evidentes incursiones en otras parcelas del saber humano: filosofía, psicología, teología, mística, arte-, pretendió únicamente ofrecer una propuesta original de vivir con rigor el evangelio cristiano. Ese fue su intento directo y explicito.

El pensamiento de Baruzi no parece absolutamente extremo o exagerado al decir que

«San Juan de la Cruz alcanza en este punto una grandeza que podemos considerar única en la historia de la espiritualidad cristiana. El timbre obtenido, la sobriedad de su lenguaje y de su pensamiento, el inflexible rigor con que huye de cualquier cursilería, le proporcionan una fisonomía moral que, en el sentido estricto de la palabra, puede considerarse incomparable. Por otro lado, lo que antes no era más que una hipótesis muy probable se convierte ahora en una certeza. Se da por seguro que Juan de la Cruz aborreció los cargos, las dignidades y, en general, cualquier empleo en el que la oración, la contemplación y la creación de uno para uno no fueran fines esenciales».

Dios se hace omnipresente en la vida del Santo Doctor, lo envuelve en todo su ser y su sensibilidad... De ahí, podemos entender muy bien, cómo la finalidad de los escritos sanjuanistas es siempre igual: enseñar a las almas «el modo de subir hasta la cumbre del monte de la perfección», que es la «unión del alma con Dios». Todos somos invitados, indistintamente, a esa comunión de vida divina, que da la vida y el impulso necesarios al ser humano para caminar hacia el fin. Todos los hombres estamos llamados a esa meta ideal y todos contamos con medios posibles para conquistarla. Es el misterio de la vocación personal.

Siendo poeta místico es, además, un artista de primer orden. Ha saboreado el arte religioso: pintura, entalle, bibliografía de tema religioso y también de tema mundano. «Si Juan de la Cruz no hubiese sentido en su alma el puro deleite de la música, jamás hubiera podido escribir el Cántico espiritual». El artista místico percibe la belleza y ahonda en la hermosura.

Este religioso carmelita parece ser un genio de la humanidad, envuelto de encantamiento y enigma, imagen seductora y misteriosa. En fin, tiene el Doctor Místico una particular escala de valores. Quién no lo toma en consideración, se arriesga a perder su claridad y su transparencia. «Porque además de poseer múltiples valores, los combina diversamente según las etapas del proceso vital... Todo está impregnado por su ideal religioso, cristiano, de unirse a Dios. A él ha consagrado su existencia: cristiano, sacerdote, carmelita...».

Juan es místico, sus escritos son expresiones de arte, fortunas de ciencia, manantiales de lengua. Él quiso que fueran, ante todo y sobre todo, lección de vida. Su propósito prioritario, el objetivo dominante al componer los escritos fue educar al lector a tomar rutas inequívocas de perfección, amaestrar a lectores y discípulos en la realización del destino trascendente encerrado en todo hombre. A este objetivo decisivo sometió todos los demás criterios e intereses. Por su manera de vivir, de ser religioso, Juan de la Cruz nos dejó un programa incuestionable para lograr la meta divina; su figura nos habla del fondo de su espíritu y tiene por tema nada menos que el misterio divino. La personalidad pedagógica de san Juan de la Cruz, está fuertemente impregnada en toda su obra literaria y espiritual. Es una personalidad que tiene una gran fuerza animadora y motivadora. No deja tranquilos a quienes se asoman para conocerle, sino les empuja a tomar  serias decisiones sobre el destino de sus vidas.

b.-  Tareas de gobierno y de formación

Para entender bien, de una forma completa, a Juan de la Cruz en toda la complejidad de su doctrina espiritual, y, por consiguiente, en cada apartado de su vivir y manera de ser y educar, hemos de tomar siempre en consideración la presencia de esta premisa o advertencia: “Para adentrarse con seguridad en el mundo de san Juan de la Cruz, hay que captar el alcance que da a la realidad imprescindible de la unión del alma con Dios. La importancia que concede a las virtudes teologales, a la vida teologal, es también clave necesaria para la comprensión de sus enseñanzas. Y nadie, un tanto experto en estudios sanjuanistas, desconoce que hay que leer a Juan de la Cruz en clave eclesial y en esta clave interpretar la doctrina de la unión con Dios y el dinamismo teologal.”

Ahora bien, la fuerza de la unión con Dios que tiende a vivir Juan de la Cruz y pretende enseñar a los demás, no aparece sólo en sus escritos sino que se encarna también con incertidumbre en la realidad de su existencia cotidiana, en distintas formas. De esas formas vamos a tratar en este punto, teniendo sólo en cuenta la formación y las tareas de gobierno como esenciales, porque los puntos que siguen en este capítulo entran a formar parte integradora de esas formas de la realidad sanjuanista y que las trataremos a su momento oportuno. Pues bien, unión con Dios, vida teologal – puntos que trataremos extensamente en el siguiente capítulo- y enclave eclesial son criterios obligatorios en cualquier lectura sanjuanista, y desde ellos hay que tratar los otros temas. 

Después de haber penetrado y alcanzado los misterios de Dios por los caminos del estudio, de la compañía de otras personas (como Santa Teresa...) de la meditación y contemplación de creyente y, como algo tan típicamente suyo, por la percepción-experiencia íntima que tuvo de las cosas espirituales, Juan de la Cruz es ahora formador con su vida y sus enseñanzas sobre la fe cristiana. En los veintitrés años de carmelita descalzo, Juan de la Cruz vivió en cargos de responsabilidad, formación y gobierno:

-         Maestro de novicios en Duruelo-Mancera (1568-1570).

-         Maestro de novicios también, aunque de un modo eventual, en Pastrana en (1570-1571).

-         Rector del Colegio de Alcalá (1571-1572).

-         Superior en el convento del Calvario (Jaén): (1578-1579).

-         Fundador y rector de Colegio de Baeza (1579-1582).

-         Prior de los Santos Mártires de Granada (1582-1585; 1587-1588).

-         Superior de la comunidad de Segovia (1588-1591).

Además de estos cargos locales, desempeñó otros de rango más amplio como el de Vicario Provincial de Andalucía (1585-1587); el de Consiliario de la Consulta (1588-1591) y el de Presidente de la misma, cuando el Vicario General estaba ausente. 

Desde esta serie de oficios y responsabilidades, como educador y gobernador, tuvo la oportunidad de velar por la comunidad carmelitana que le había sido encomendada. Ha sido el animador de las comunidades locales de novicios, estudiantes, sacerdotes, hermanos y carmelitas descalzas, como quiso la madre fundadora.

He aquí un testimonio vivo, del Padre Crisógono, que demuestra lo que acabamos de describir:

«Comienzan a llegar los novicios. Alcalá, que no está muy lejos, oye la vida penitente y contemplativa de los Descalzos en su eremitorio, y envía estudiantes de la Universidad. Pastrana se convierte en el gran primer noviciado de la Reforma. Es necesaria una dirección auténticamente carmelitana que encauce aquellos primeros fervores, que pueden desfigurar la vida descalza, influidos por el sistema eremítico en que se han formado Mariano, Azaro y Juan Narduch. La madre Teresa estimula urgente la presencia de Fray Juan de la Cruz, gran reformador de espíritus, poseedor del secreto de la autentica vida carmelitana descalza. Así se lo comunica al padre Antonio y se determina su traslado a Pastrana».

En la vida común (o del convento), sea siendo formador, prior o como cualquier otro religioso, Juan de la Cruz es muy claro: se ha de venir al convento urgidos «de Santos  deseos y  motivos de  dejar  el  mundo  y  mudar la vida o estilo y servir a Dios» (Ll. 3, 62), y querer seguir a Cristo. Y, «discurriendo» por su camino de desinterés, de obediencia y abandono de todas las cosas, se va «a zaga de su huella» (C. canción 25). Se viene al convento para ser verdaderos religiosos y llegar a la cima de la perfección. Finalmente, se viene al convento para librarse de los daños del mundo, y entrar de lleno en la vida comunitaria. Juan de la Cruz descubre su pensamiento al interesado diciendo:

« Que guardes con toda guarda de poner el pensamiento y menos la palabra en lo que pasa en la comunidad, qué sea o haya sido de algún religioso en particular; no de su condición, ni de su trato, no de sus cosas, aunque más graves sean, no con color de celo ni de remedio, sino a quien de derecho conviene, decirlo a su tiempo, y jamás te escandalices ni maravilles de cosas que veas ni entiendas, procurando tú guardar tu alma en el olvido de todo aquello».

Estamos viendo pues, cómo Juan de la Cruz enseña en sus libros sobre la comunidad religiosa, y el modo de vivir y perfeccionarse en ella, y se encarna y anima desde su puesto y acción de superior[i]. Era animador excelente de sus comunidades, formador e instructor de los frailes. Tenía un secreto pedagógico que se basaba, en gran parte, en saber conquistarse el ánimo y la liberalidad de sus súbditos. No sólo se distinguía en devolver la alegría a sus súbditos, sino que buscaba a los melancólicos y les aplicaba la terapia del diálogo con él, al aire libre, hasta que hacía desaparecer la desolación de su entorno. Toda esa capacidad integradora de relacionarse con sus hermanos, no le venía, lógicamente, de muchos estudios o conocimientos ajenos a la realidad existencial, sino, sobre todo, de su relación intrínseca con Dios, que se traduce en amor y afecto para los demás. Esa relación lo convierte en un hombre transparente, amigo de la humildad, de la llaneza y de la afabilidad. 

Tenía, además de todo esto, un magisterio carismático; ponía mucho énfasis en el binomio soledad-comunidad. Atendía a los enfermos de un modo especial, corregía fraternalmente a sus hermanos, daba mucha importancia al tiempo de liturgia y oración, trabajaba manualmente junto a sus súbditos, organizaba tiempos especiales para la recreación como lo ha aprendido de su madre Teresa de Jesús.

La situación de Juan de la Cruz como formador o como prelado no le apartaba mucho de su situación normal de cuando no lo era. Vivía siempre con coherencia todas las etapas de su vida religiosa personal, cada cosa en su momento oportuno. Reflejaba en su rostro el equilibrio humano que hizo de él un hombre atrayente, que es capaz de crear un «Estilo de hermandad» que significa un nuevo estilo de vida comunitaria entre sus hermanos los descalzos, un estilo de «recreación» como algo de suma importancia en la vida normal de la comunidad. Así que se podría hablar de un cierto “humanismo pedagógico” en san Juan de la Cruz, que, por un lado, expresa una cierta normalidad humana y constante (equilibrio moral, humano y espiritual), y por otro, nos deja sorprendidos al detectar en sus escritos esa fuerza interior trascendente que se hizo tangible a lo largo de su vida entera.   

Juan de la Cruz fue hábil para formar grupos de vida comunitaria, procurando que fuesen, en lo posible ejemplares e ideales, sabiendo siempre que es una tarea muy difícil de lograr. Es un hombre capaz de inculcar en la conciencia de sus religiosos que han de tener «toda su vida y obras consagradas a Dios» (4ª, n. 8.) de manera que procuraran tener «constancia en obrar las cosas de su Religión y de la obediencia, sin ningún respeto de mundo, sino solamente por Dios» (4ª, n. 5.) «En fin, el religioso de tal manera quiere Dios que sea religioso, que haya acabado con todo y que todo se haya acabado para él; porque Él mismo es el que quiere ser su riqueza, consuelo y gloria deleitable» (Ep. n. 9).

El humanismo siempre fue dominante en el orden de la finalidad e intención del Doctor Místico. Insiste reiteradamente en la necesidad y ventajas de la dirección, que es también formación y pedagogía.  

«Desde esta celdilla humilde gobierna su convento de Los Mártires. Es un gobierno paternal. “Siempre trata a los religiosos con gran caridad y amor”, dice uno de sus súbditos. Pero no disimula las faltas: corrige hasta  las más menudas. A veces, cuando la culpa cometida lo exige, hasta imponiéndoles penitencias. La más dura, muy corriente en esta época, es una disciplina de varillas, que es exigida por las mismas constituciones. Pero fray Juan sabe dulcificarla »...

El  amor  es la  base  y  el  fin  de  toda  ciencia  pedagógica:  «No  piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios; y adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor...» (Ep. n. 26). Este amor se encarna totalmente en la vida de Juan de la Cruz, como educando y como educador, y abarca íntegramente su obra literaria.

No es nuestra intención hablar aquí del drama humano que tuvo que vivir Juan de la Cruz en su infancia hasta su muerte. Nos contentamos en decir, que esta es la situación de la mayoría de los Santos, que a veces, parece paradójica a nuestros ojos, porque la providencia divina actúa muy diferentemente de nuestros pensamientos puramente humanos.

En san Juan de la Cruz, hay una trasparencia de lo divino que revaloriza lo auténticamente humano y se manifiesta lucidamente en su vida. Así resultó ese hombre humano-divino, un “fraile entero”, “una gran pieza”, “un gran Santo” que -según los calificativos de la Santa Madre- será aquel “Senequita”, “chico, pero grande en la presencia de Dios”, “hombre sin imperfección”, que “se traspone y hace trasponer”, el “santico de fray Juan”, “hombre celestial y divino”... “Confesor Santo que no hay otro en toda Castilla como él que tanto afervore en el camino del Cielo”. En una palabra, Juan de la Cruz fue un monumento humanamente terminado, por no dejar ningún valor humano en el pórtico de los gentiles.

Siempre hemos de poner nuestros ojos –según nuestro autor- en la senda teologal para poder vivir desde el evangelio y desde la espiritualidad cristiana esos compromisos que exige la vida religiosa y por tanto la fidelidad al amor del Padre entregado a nosotros por Cristo.

Para lograr tener esa fidelidad a Dios que nos haga felices, en coherencia con los quehaceres de la vida mundana -que está basada en la vida teologal, como ya hemos dicho antes- el Santo aconseja: «procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Ahora coma, beba, o hable o trate con seglares, o haga cualquier otra cosa, siempre ande deseando a Dios y aficionando a él su corazón, que es cosa muy necesaria para la soledad interior» (4ª, n. 9). Y sigue el Santo diciéndonos: «Cual fuere el maestro, tal será el discípulo, y cual el padre, tal el hijo» (Ll, 3, 30). A partir de este dicho lleno de sapiencia, podemos asegurar que cual era él: maestro y padre, así se fueron configurando aquellas comunidades de discípulos y de hijos. 

Seguimos viendo cómo para Juan de la Cruz, todo se empieza por Dios, se hace en su nombre y con fin en Él. El hombre –dicho de esta manera- es secundario frente al plan de Dios. En otras palabras, la voluntad y la gloria de Dios han de hacerse transparentes en la vida del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Contesta un día Juan de la Cruz a una monja de la encarnación, cuando era confesor allí, al preguntarle: «Qué hacía a estas monjas, que luego las hacía hacer lo que quería y las inclinaba al camino de la perfección y virtud, encendiéndolas tanto en amar a Dios»: «Hácelo Dios todo, y para eso ordena me quieran bien», tanto sus hijas como sus hijos en la orden.

Juan de la Cruz no actúa sólo como escritor espiritual, o como guía de oración y de experiencias místicas, sino también como un verdadero maestro de la fe, maestro en el misterio del Dios vivo de Jesucristo, cercano e infinito, en el misterio de la Cruz de Cristo y de su manifestación en la vida humana y cristiana, «maestro de amar» y de tantas cosas elementales. Es un verdadero «maestro y pedagogo» humano y espiritual.

Termino este apartado trascribiendo –de lo cual podríamos hablar todavía mucho- unas palabras de J. R. Diez en su artículo arriba citado y que me resultaron bastante significativos: 

«Tal nos parece, -el autor está hablando de Juan de la Cruz- en débil y ligero bosquejo, la fisonomía moral de este maestro indiscutido e indiscutible. “Muy humano, ha radicado en lo natural para enramar en lo sobrenatural y arborecer en lo místico”, al decir de G. Morente. Y es verdad, replica el autor. Su sistema pedagógico no es –no puede ser- original y nuevo, como tampoco lo es la naturaleza humana en su común denominador específico. Pero supo –y en esto ciframos la grandeza de un formador- aplicar en cada caso y de modo maravilloso la receta terapéutica desprendida de esos principios básicos y siempre idénticos. Que no en vano la Iglesia le proclama Doctor fiel y seguro por los caminos trascendentes del espíritu. Su formación humana y teológica sigue siendo aún muestreo elocuente para el sacerdote de hoy. Y con muchos cristos como éste no habría un cristianismo tan fofo y amorfo en bastantes sectores de las juventudes actuales de España».

Tiene Juan de la Cruz un gran sentido de Dios y de la persona humana. Y esto le constituye como maestro excepcional en el proceso de esa relación. En sus escritos, el lector puede confiar y saltar al vacío, seguro de que le conduce a las altas cimas de la perfección cristiana. A esta experiencia, muy viva en él, como escritor creyente y pedagogo de la fe, conduce Juan de la Cruz a sus lectores, admiradores y discípulos continuadores de su mensaje teologal.  

c.-  Magisterio oral

Acabamos de ver cómo San Juan de la Cruz, ya desde el comienzo de la reforma carmelitana, ha vivido continuamente empeñado en tareas de formación y de gobierno, cuidando mucho más, la formación individual y colectiva que el gobierno disciplinar.

Ahora bien, nos toca en este punto abordar un tema que no es nada fácil y sencillo, porque, aunque muchos testigos oculares hayan transmitido algo del mensaje oral sanjuanista, pocos son los especialistas sanjuanistas actuales que tratan del tema. Sucede lo que normalmente había sucedido con los demás autores. Y es que, a la hora de hablar o comentar lo “ORAL”, nos sentimos obligados –implícitamente hablando- sacar gran parte de ello de su relación con aquel “ESCRITO”. Lo mismo sucede, por ejemplo, en el ámbito filosófico y hasta con el Evangélico mismo. Si Platón no hubiera escrito los diálogos de Sócrates, o los Evangelistas no nos hubieran transmitido la viva fe en Cristo, hoy desconoceríamos totalmente sus preciosos mensajes, aunque son del todo diferentes. Por eso se lamentaba J. V. Rodríguez, - que a mi modo de ver es uno de los mejores sanjuanistas que con sus asiduas investigaciones ha tocado a fondo este tema-, en un artículo publicado en la Revista de Espiritualidad, diciendo: «El magisterio oral ha sido hasta ahora poco estudiado, al menos de un modo orgánico. Es cierto que en las grandes biografías existen muchos datos y noticias. Este aspecto de la vida del Santo es utilísimo para entender mejor su magisterio escrito y toda su persona». 

Como consecuencia de lo dicho, es de capital importancia complementar el magisterio escrito del Santo con lo no escrito. De esta forma, sus libros se iluminan y aclaran mucho más. Todo, evidentemente, lo hablado y escrito, a la luz de su vida personal.

El magisterio global (oral y escrito) de san Juan de la Cruz tiene una unidad integrada. Como todo nace de su experiencia personal e íntima con Dios, de su lectura asidua y diaria de la Escritura y, como su persona no puede ser más que “UNA”, que tiene una sola preocupación o “pretensión” constante: encaminar a la gente a la más alta unión con Dios, podríamos afirmar, sin lugar a duda, que Juan hablaba lo mismo que escribía. Y más, aún, si hoy tuviéramos todo lo “hablado” del Santo, tendríamos que esforzarnos mucho más para entender su rico mensaje doctrinal y humano. El simple hecho de que Juan de la Cruz empezara escribiendo poesías, y no prosa, -aunque, más tarde, suplicándole mucho, (las personas de su entorno), accedió a contentarlas, expresando que casi se confiesa incapaz de hacerlo-  respaldaría nuestra opinión sobre la amplitud y la riqueza de su magisterio oral.

De sobra es conocido el siglo de Oro, con sus aciertos y desaciertos. No hace falta dar aquí ninguna recapitulación histórica. El conjunto de los años del Santo: 49, se desenvolvió en ese siglo de Oro español; y todos ellos, menos los ocho primeros, en la segunda parte del siglo XVI.

Juan de la Cruz es un autor temporal e histórico, aunque no es ningún investigador o narrador de los acontecimientos de su siglo. «Fray Juan ni quiso ni pudo eludir su mundo. La impresión de un evadido, ante una lectura superficial de sus escritos, se enmienda tan pronto como se engarzan los hilos que sustentan la trama. Abundan en sus paginas ecos del ambiente circundante; la biografía recoge datos y episodios que testimonian protagonismo directo». Es importante, por lo tanto, no ser anacrónicos a la hora de hablar de algo que no tenemos del todo seguro, ocupándonos en una cosa incierta y de poco valor histórico. (Me refiero al magisterio oral, incluso a los testimonios oculares que tenemos).

Los testigos oculares, dice J. V. Rodríguez: apuntan sobre tres puntos, y normalmente, en el contexto, hacen ver de la figura del autentico Maestro, educador incomparable, dentro y fuera de la familia teresiana y, finalmente, sus métodos de enseñanza y formación, que:

·                    Tenía una autoridad grandiosa en cuanto a la doctrina;

·                    Era extraordinario en el arte de comunicar o transmitir la doctrina poseída;

·                     Gozaba de una eficacia singularísima en alumbrar la mente y en mover la voluntad y encender el corazón de cuantos le escuchaban.

Conozcamos las palabras que le escucharon algunos testigos que vivieron muy cerca de Juan de la Cruz:

«... le oyó por muchos años en cuantos conventos con él estuvo hablar tan altamente de las virtudes y cosas de Dios, que con haber oído a diversas personas hablar de Dios nuestro Señor y de virtudes, jamás ha encontrado este testigo hombre que a su parecer tan altamente hablase de Dios, no con tanta calidad y eficacia; porque en el oírle hablar mostraba un grandísimo aprecio de las cosas de Dios, y que las penetraba altamente y las obraba...; muchas almas tentadas y de grandes dudas interiores, con pocas palabras los satisfacía  y quietaba y daba luz en sus dudas». «... este testigo con haber conocido muy grandes varones espirituales, jamás vio ni oyó hombre tan perfecto que tan levantadas cosas hablase de Dios...; y era, al juicio de este testigo, uno de los grandes maestros de espíritu que nuestro Señor ha tenido en su Iglesia, porque mostraba haberle nuestro Señor enseñado y comunicado mucho».

Tenía un gran talento para hablar y desarrollaba en el magisterio oral los mismos temas de doctrina que en su magisterio escrito. 

Los testimonios de Santa Teresa sobre la figura del Santo nos pueden ser un instrumento muy útil para descubrir más la calidad espiritual y el talento humano-dialogal  de Juan de la Cruz, que en definitiva, tenía estilo, doctrina y santidad; luz y amor. Escribiendo la Santa a las descalzas de Beas y a Ana de Jesús, le califica de «muy espiritual y de grandes experiencias y letras»; «hombre celestial y divino»; «es un gran tesoro»...

El estilo dialogante de Juan de la Cruz se encuentra en su vida y en sus escritos. En su vida, se sirvió del diálogo para hacer de ello un medio o instrumento pedagógico de primer orden. «Este arte suyo de enseñar el camino del cielo, sirviéndose del dialogo sencillo y eficaz, lo hemos llamado en otras partes método socrático.

En este campo de la mayéutica sanjuanista contamos con diálogos de antología, dentro de la inocencia franciscana de muchos de sus interlocutores». Ese estilo de dialogar tiene su configuración en su concepción de Dios y de la unión del alma con Él. Para que verdaderamente podamos dialogar con Dios y por consiguiente con los demás, «la mayor necesidad que tenemos es del callar a este gran Dios con el apetito y con la lengua, cuyo lenguaje, que él oye, sólo es el callado amor» (Ep. n. 8).

Hay que añadir a las dotes morales de Juan de la Cruz en el ejercicio de esta función: su inmenso aguante, simplicidad, exquisitez, fidelidad, clemencia, su hacerse todo a todos, su buena voluntad, sus cualidades pedagógicas, que hablan de su relación directa entre la enseñanza o magisterio oral y su misión de educador.

Dentro de la familia teresiana, su magisterio oral está intrínsecamente unido al oficio de Superior y Formador; fuera de ella, su magisterio oral se repartió entre monasterios y personas seculares: clérigos y laicos de diversas ciudades: (desde Duruelo hasta la peñuela). Veamos otro testimonio:

«... y, por  los  caminos,  a  los  arrieros  y  gente  que   encontraba,   les daba siempre documentos  y  modos  de  vivir  en  servicio  de  Dios  nuestro  Señor  y  les  daba  buenos consejos; y  en  las  ventas  y  mesones  donde  estaba, cuando  caminaba,  si  había  algunos  que juraban  o  votaban,  les  reprendía,  y se solían  componer  y enfrenarse  con  mucha humildad».

En su magisterio oral, Juan de la Cruz usaba varios métodos o sistemas, según las circunstancias y las personas a quienes se dirigía. Los más empleados fueron los siguientes: Expositivo bíblico; Socrático; Representativo o escenificado; Exhortativo o parenético; Sentencial o gnómico; Buena prensa.

Siguiendo –en líneas generales- el paso de J. V. Rodríguez, podríamos decir que la importancia del magisterio oral estriba, en buena parte, en su relación con el magisterio escrito, que lo complementaba, y por lo tanto el magisterio oral se completaba también con el escrito. Hay que señalar, pues, y no olvidar, que la inspiración magistral y autentica, primordial y particular de San Juan de la Cruz, no era la de escribir, sino la de instruir oralmente, en una alta y viva expresión.

Sentía una inclinación especial por este magisterio, para el cual estaba particularmente dotado. Para él, callar al alma de los apetitos y desapegos mundanos  y espirituales es un reto fuerte en la vida para dejar que Dios mismo hable en nosotros. De ahí nace la importancia de tener siempre en cuenta la conexión profunda que existía en Juan de la Cruz entre su vida, su persona, su magisterio oral y su magisterio escrito, preponderando siempre su llamada a la enseñanza de viva voz sobre su faceta de escritor.

Concluyendo este punto, podríamos decir que, adentrándose más en el magisterio oral, se puede descubrir a un Juan de la Cruz “lleno de la humanidad del Santo, y de la santidad del hombre”, quien a través de sus miradas profundas, sus diálogos terapéuticos y sus enseñanzas pedagógicas, nos deja perplejos y admirados con aquella “Luz Divina” que traspasa su persona, para llegar a nosotros señalándonos al Único y Sólo Bien.

d.- Dirección espiritual

Afrontamos ahora un campo de enorme importancia y de suma delicadeza. Entramos en un mundo espiritual lleno de la presencia efectiva y universal del personaje sanjuanista. Y digo de enorme importancia y de suma delicadeza, porque, para el mismo Juan de la Cruz supuso siempre una gran preocupación la formación de buenos directores espirituales como debe serlo para cualquiera de nosotros si queremos llegar a la alta cima de la “Unión con Dios” en breve tiempo, siguiendo los pasos del Doctor Místico y Maestro Espiritual.

Nos sentimos obligados a repetir la misma idea advertida arriba, con la intención de volver sobre ella más veces mientras se siga hablando de la figura y doctrina sanjuanista, y es que, para san Juan de la Cruz, la vida entera del hombre va enderezada hacia una única meta y un solo ideal: Dios mismo baja de sus alturas para rescatar al hombre a su Amor Divino y su Gloria. Dejémonos interpelar por las palabras del Santo:

«Amas tú, Señor, la discreción, amas la luz, amas el amor sobre las demás operaciones del alma; por eso, estos dichos serán de discreción para el caminar, de luz para el camino y de amor en el caminar... –Y continua el Santo-,  hablemos palabras al corazón bañadas en dulzor y amor, de que tú bien gustas, quitando por ventura delante ofendículos y tropiezos a muchas almas que tropiezan no sabiendo, y no sabiendo van errando, pensando que aciertan en lo que es seguir a tu dulcísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y hacerse semejantes a él en vida, condiciones y virtudes y en la forma de la desnudez y pureza de su espíritu; mas dala, tú, Padre de misericordia, porque sin tí no se hará nada, Señor».

El Santo es muy claro a éste propósito: Encaminar a las almas hacia las cosas de Dios. Para llegar a ello, Juan de la Cruz se sirve de la dirección espiritual como un método apropiado para los ya avanzados en el camino de Dios, o que deben de serlo, y para no engañar a las almas que anhelan a ello. Esto no excluye que sus escritos pedagógico-espirituales puedan servir a cualquier persona que desea alcanzar las cimas de la perfección, «porque a todos habla de la verdad de Dios y de la coacción trascendente del hombre». 

Ahora bien, podríamos hacer una buena pregunta: El objetivo más hondo de Juan de la Cruz, a través de sus escritos –no olvidemos su magisterio oral- ¿no será como un tratado de dirección de almas y, asimismo, un manual eficaz para los directores espirituales? La respuesta sólo la puede dar aquel que, después de haber leído las obras del Santo y haber dialogado suficientemente a solas con él, se sienta intensa e íntimamente conmovido por el proceder sanjuanista e impulsado a reflexionar en una seria posición personal.

Desde nuestro enfoque pedagógico, la persona y las enseñanzas de Juan de la Cruz nos revelan que: Dirección Espiritual no es una palabra asombrosa y mágica, sino un concepto práctico que, a la luz del  Espíritu Santo, ha de servir a los Directores, para orientar y abrir puertas adecuadas a los que quieren servir a Dios.

No es fácil –replica nuestro Santo a lo largo de sus escritos-  una tarea como la del director espiritual. Porque -sin hablar todavía de la Gracia de Dios y de su ayuda a quienes quieren verdaderamente orientar a los fieles en los verdaderos caminos de Dios- el hombre es un ser que se forma y se educa conjuntamente entre lo físico, lo espiritual y lo sobrenatural. Su orientación hacia Dios y su gloria, se lograrán consiguiendo elevar los limites de su desarrollo hacia los planes divinos, con la cooperación de los hombres.

Escuchemos ahora el propio testimonio del Santo quejándose de directores que, por su inquietud, no ayudan a la acción divina o la frenan, frustrando así la Divina Providencia de acercar a las almas a la unión con Dios:

«Para lo cual me ha movido, no la posibilidad que veo en mí para cosa tan ardua, sino la confianza que en el Señor tengo de que ayudará a decir algo, por la mucha necesidad que tienen muchas almas; las cuales, comenzando el camino de la virtud, y queriéndolas nuestro Señor poner en esta noche oscura para que por ella pasen a la divina unión, ellas no pasen adelante; a veces, por no querer entrar o dejarse entrar en ella; a veces, por no se entender y faltarles guías idóneas y despiertas que las guíen hasta la cumbre. Y así, es lástima ver muchas almas a quien Dios da talento y favor para pasar adelante, que, si ellas quisiesen animarse, llegarían a este alto estado, y quédanse en un bajo modo de trato con Dios, por no querer, o no saber, o no las encaminar y enseñar a desasirse de aquellos principios... Porque algunos padres espirituales, por no tener luz y experiencia de estos caminos, antes suelen impedir y dañar a semejantes almas que ayudarlas al camino, hechos semejantes a los edificantes de Babilonia, que, habiendo de administrar un material conveniente, daban y aplicaban ellos otro muy diferente, por no entender ellos la lengua, y así no se hacía nada».     

Por el contrario, se piensa que la sensibilidad con que se debería escuchar, observar, descubrir en cada uno el camino de Dios, es el secreto de los firmes aciertos en la dirección espiritual. Esta es la norma que da el Santo en Llama al director. Advierte Juan de la Cruz que el guía principal debe ser el Espíritu Santo. La función única del director será la de impedir obstáculos y enderezar los caminos, y no  al contrario, realizar programas personales que sacan al caminante de una fosa superficial para que ponerlo en un hueco abismal, sin la posibilidad de otra salida que la ayuda providencial.  Es digno aquí el testimonio de la Madre Teresa de Jesús:

«... Estas primeras determinaciones son gran cosa, aunque en este primer estado es menester irse más deteniendo y atados a la discreción y parecer de maestro; mas han de mirar que sea tal que no los enseñe a ser sapos, ni que se contente con que se muestre el alma a sólo cazar lagartijas. Siempre la humildad delante para entender que no han de venir estas fuerzas de las nuestras... Aunque en esto de deseos siempre los tuve grandes, mas procuraba esto que he dicho: tener oración, mas vivir a mi placer. Creo si hubiera quien me sacara a volar, más me hubiera puesto en que estos deseos fueran con obra; mas hay –por nuestros pecados- tan pocos, tan contados, que no tengan discreción demasiada en este caso, que creo es harta causa para que los que comienzan no vayan más presto a gran perfección; porque el Señor nunca falta ni queda por El. Nosotros somos los faltos y miserables».

A lo largo de sus libros y especialmente en la Llama, Juan de la Cruz nos presenta la vida cristiana presidida y animada por la acción misteriosa del Espíritu Santo. Se percibe su presencia constante a través de todos los pasos del camino espiritual.

Consecuentemente a lo dicho, los buenos directores espirituales serán aquellos que:

-         Poseen sólidos conocimientos sobre la vida del espíritu y sobre los caminos que conducen a las almas a la santidad.

-         Enseñan los caminos de la santidad e impulsan a seguirlos, para mover a vivir en conformidad a ella.

-         Dirigen las almas individualmente, previo el conocimiento de su vida interior o exterior, en el confesionario o fuera de él.

Para ello, previamente, los directores espirituales han de tener unas virtudes esenciales que les capaciten para captar con sensibilidad aguda el camino por el que quiere Dios llevar a las almas. Primero, por lo tanto, una humildad fiada de Dios. -Ya lo decía Santa Teresa: “Humildad es andar en verdad”- (6M, 10, 7); una disponibilidad ágil, generosa y sin condiciones previas para disponerse a bien cumplir su oficio. El director espiritual, además de ser sabio y discreto, es importante que tenga experiencia, para poder distinguir y captar el verdadero espíritu de Dios, y ayudar a la persona a ir de “bien en mejor”. La ciencia y la discreción van juntas con la experiencia, pero parece ser que para Juan de la Cruz, la experiencia es imprescindible para poder discernir los puros de los malos espíritus. En fin el director tiene que ser un hombre de Dios, es decir, tener, según san Juan de la Cruz, unos rasgos fundamentales que vislumbren su santidad: profunda abnegación, caridad inflamada y una contemplación altísima, apoyo y fundamento de ambas.

Un criterio esencial para la buena dirección, en Juan de la Cruz, es la obra del Espíritu de Dios en el alma de cada uno. Por lo tanto, el director espiritual ha de saber que tiene una función secundaria en cuanto a la obra del Espíritu Santo en el alma;  en otras palabras, es la gracia divina la que educa a la persona hacia la vida sobrenatural. En el quehacer o la educación humana, el director espiritual será aquel que sabe, con simpatía, explicar desde sus sólidos conocimientos y su experiencia religiosa de Dios, los caminos que conducen a Él. El director será aquella puerta por la que a través de ella, la gracia divina pueda intervenir en la persona y no según la capacidad del confesor.

En Juan de la Cruz, pedagogo distinguido de valores humanos y director espiritual indiscutible de primer orden, se entreveraban la teoría, la intelectualidad y la práctica, experiencia y doctrina, vida y enseñanzas. En una palabra, «Esta es la fe que necesitamos y de la que el Santo de Fontiveros nos ofrece su testimonio personal y sus enseñanzas siempre actuales».

Dios sabe educar a cada persona según conviene, y se adapta a lo más provecho para que el alma se sienta cerca de Él: «... es a saber que si el alma busca a Dios, mucho más la busca su Amado a ella... –Y sigue el Santo-... porque a cada una lleva Dios por diferentes caminos, que apenas se hallará un espíritu que en la mitad del modo que lleva convenga con el modo del otro...». 

San Ignacio de Loyola nos va a decir casi lo mismo cuando escribe: «... en los tales ejercicios espirituales, más conveniente y mucho mejor es, buscando la divina voluntad, que el mismo Criador y Señor se comunique a la su anima devota, abrazándola en su amor y alabanza y disponiéndola por la vía que mejor podrá servirle adelante...». 

En resumidas cuentas: Juan de la Cruz es un hombre que supo dejarse llevar por las alas conmovedoras de Dios. Director inconfundible de las almas hacia la cima del Monte de Dios, el Doctor Universal, nos educa a aspirar seriamente a la plenitud de la vida cristiana, y nos ofrece dos guías a quienes se debe seguir. Por una parte, el Espíritu Santo, fundamental en la tarea de orientación y auxilio; por otra, el director, espiritual a quien corresponde el trabajo de “instrumento” en este mismo quehacer.

En el año 1968, el cardenal G. M. Garrone, en una conferencia sobre la doctrina de San Juan de la Cruz, dijo: «Urge hoy volver a este Santo, que ha recibido de Dios la gracia de hablar en la Iglesia al mundo como pocos lo han hecho en el curso de los siglos. No creo que en toda la literatura espiritual se encuentre un autor que, de tal manera, haya exigido la fe como base de la comunión con Dios».

e.-  La experiencia contagiosa de su palabra viva y directa

Seguimos viendo a lo largo de este capítulo cómo San Juan de la Cruz, un hombre lleno de Dios, nos educa enseñándonos por medio de su persona, su forma de vivir y sus valores en la vida, a vivir en relación íntima con Dios, a fin de hacerse semejante en todo a Él, mirando y imitando a su Hijo Jesucristo como la fuente de   nuestra salvación.

Desde cualquier aspecto que observemos a Juan de la Cruz, y sea cual que fuere el campo de su experiencia y magisterio en el que queramos adentrarnos, siempre tendremos que partir de y concluir en la rigurosa y transparente certidumbre, maravillosamente enriquecedora, que imprimen sus escritos: es un hombre con una fuerte, lúcida pasión de Dios. De Dios todo, de Dios solo, en la inmediatez más propia, verdadera  y profunda.

Hablando de la persona de Juan de la Cruz en los puntos anteriores, veíamos cómo Dios se hace siempre presente y transparente en todo su magisterio, y que, desde ahí, el autor de Fontiveros parte, para enseñar a sus oyentes o a sus lectores y a todas las personas que le necesitaban, deseosos de la unión con Dios, cómo recorrer el camino para encontrarse con Dios. Ahora bien, vamos a intentar en este párrafo, expresar más explícitamente esta fuerza interior de la palabra del Santo abulense, que contamina, viva y directamente, a quien se deja arrastrar por ella.        

Personalmente, al hablar de este punto, me siento forzosamente movido a confesar – no sé ni por quién, ni el por qué lo hago- una cosa respecto de la que tengo una deuda impagable: El espíritu y la persona de Juan de la Cruz – sea cual que sea- me invaden drásticamente, me sobrepasan con sus clarividencias, dejándome perplejamente sorprendido, empujándome a ser cada vez más coherente en mi vida personal para con Dios, leyendo y profundizando sus obras. Desde mi primer contacto con él, sentí que este hombre tiene algo que decirme y, desde entonces, su figura me es una clara evidencia de la potencia de Dios en un mundo actual tan secularizado, en el que todos vivimos y tenemos que transmitir una viva experiencia contagiosa del Dios de Jesucristo.

Pienso que ninguno de nosotros puede leer superficialmente (por ejemplo) las confesiones de un Agustín de Hipona, enamorado de la misericordia de Dios, o el libro de la vida de una Teresa de Ávila, seducida por la grandeza de un Dios que se hace presente en su marcha cotidiana hacia Él, sin ser conmovido e impulsado a tomar una seria decisión personal hacia algo, o a reflexionar sobre un punto neurálgico que condicione su vida entera. Aquí pasa lo mismo, con un Juan de la Cruz que buscó a Dios en todos los sentidos. A un Dios, incluso a veces, incomodo, por el camino largo y oscuro de la fe. Y como para un exacto conocimiento de las realidades concretas, es irreemplazable la experiencia, sólo gracias a ella se logra aquel sentido de la objetividad real que ningún adiestramiento teórico puede sustituir. Por eso, en los escritos nacidos de personales vivencias, los de San Agustín, San Bernardo, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Juan de la Cruz..., hay y persiste una cierta frescura vital perenne, una esencia perdurable, una experiencia contagiosa que reanima todo corazón que a ellas se acerca, bien dispuesto.

El retrato atrayente de un fray Juan de la Cruz, «pequeño y barbinegro» que en el barrio de Ajetes de Ávila enseña a los muchachos «a leer en cartillas y la doctrina cristiana y a rezar» es todo un símbolo de su contagiosa y gran capacidad de comunicación de su palabra. Pero, acceder a Juan de la Cruz, ¿no será un desafío constante, encontrarse con una personalidad de antinomia para quienes tratan de acercarse a él? Oigamos este juicio de J. Jiménez Lozano: «Juan de la Cruz es una de las seis u ocho personalidades más gigantescas y también enigmáticas de Occidente, y un cristiano de un radicalismo que pone un poco carne de gallina, pero cuya voz no se puede dejar de escuchar y, tanto como poeta como en cuanto místico, cada día resulta más nuevo y sorprendente y moderno».

«Esto hace que la vida y la palabra de este menudo, gran fraile carmelita, brote y vierta en un TU, “inmenso Padre”, trascendentemente cercano, “divinamente” comunicativo, y en un YO que, porque naciendo de este TU y avanzando en creciente dinamismo hacia Él, se percibe, padece y goza, como una “pretensión” infinita, incolmable de Dios».

Juan de la Cruz, desde su primer contacto con la Madre Teresa, la dejó prendada de su gran espíritu de Dios, y expresó su pasmo con esta estremecida confesión: “contentóme mucho”. Unos cinco años más tarde, la misma Madre Teresa andaba calentando los ánimos de sus hermanas, en la Encarnación de Ávila, diciéndoles: “les traigo un Santo por confesor”. Cuando el frailecico de fray Juan recala por Andalucía, evadido de la cárcel conventual de Toledo, declara la soledad en que la ha dejado, “porque no he encontrado en otro como él en toda Castilla” y exhorta a sus hijas a que se comuniquen con él, pues “es de grandes letras y experiencia”, “Hombre celestial y divino”. 

No sólo la Madre Teresa nos da testimonios directos de lo que venimos diciendo, sino que hay otros testigos de su tiempo que nos han trasmitido cosas importantes de su experiencia dialogante y su fuerza interior, siempre relacionada con la presencia de Dios.

La siguiente declaración de Inocencio de San Andrés habla muy claro:

«... sabe este testigo que tenía el dicho Santo Padre grande celo del aprovechamiento de las almas, y así muy de ordinario acudía al confesionario a confesar y tratar muchas personas, en las cuales hizo mucho provecho y mudanza de vida. Y de esto era todo su trato con los seglares, de que se aprovechasen sus almas y se  ejercitasen en la virtud. Y así, acudían muchas personas a él a ser enseñadas por el mucho lenguaje y trato que de Dios tenía, así hombres doctos, como gente ordinaria. El mismo cuidado tenía de que acudiesen a la predicación y confesión los padres que para esto estaban dedicados, porque daba demostración de holgarse con el consuelo y aprovechamiento de las almas...».

Y Leonor de Vitoria depone:

«... esta testigo... conoció al Santo padre fray Juan de la Cruz, y le vio y comunicó muchas veces y se confesó con él, y asimismo le vio esta testigo muchas veces en casa de la señora doña Ana de Peñalosa, donde esta testigo vivía, hablar con la señora doña Ana y con la señora doña Inés de Mercado y Peñalosa, su sobrina, delante de todas sus criadas; hablar y tratar cosas espirituales y santas y del cielo, en orden a cómo serían santas, y que sus platicas eran siempre de esto, y que algunas veces, tratando de esto, les leía algunas cosas devotas, y otras les dejaba libros donde estaban escritas, para que así tratasen y sirviesen a nuestro Señor».

Y Fray Martín de la Asunción declara:

«... y por los caminos, a los arrieros y gente que encontraba les daba siempre documentos y modos de vivir en servicio de Dios nuestro Señor y les daba buenos consejos; y en las ventas y mesones donde estaba cuando caminaba, si había algunos que juraban o votaban, les reprendía, y se solían componer y enfrenarse con mucha humildad».

Y finalmente, Juan Evangelista, confesor y discípulo predilecto de fray Juan, declara:

«... oírle hablar de Dios y exponer lugares de Escritura asombraba, porque no le pidieron lugar que no lo dijera con muchas explicaciones, y en las recreaciones algunas veces se gastaba la hora y mucho más en exponer lugares que le preguntaban. Sería nunca acabar tratar de esto».

La cualidad y la fuerza de la experiencia contagiosa y de la palabra viva de San Juan de la Cruz se expresa, sin lugar a dudas, en la claridad de testimonios como los aquí recogidos documentalmente; pero no se agota, ni mucho menos, en ellos, ni tampoco se iguala con uno de ellos. El Santo de Fontiveros es un hombre de gran talante de diálogo. Su acción intensa se desarrollaba no sólo entre gente tan bien dispuesta como las hijas de la Madre Teresa, sino también entre elementos que en aquella sociedad eran considerados “alérgicos” a lo espiritual en los que hacía su efecto de persuasión, cambio de vida y entrega a las llamadas del espíritu.

Si contemplamos esta fuerza contagiosa de la palabra de Juan de la Cruz desde esa altura de la comunicación con Dios, la existencia y la actividad de fray Juan no nos puede extrañar, ni su hacer espiritual, ni el estilo de su mensaje.  

Juan de la Cruz, genio de comunicación, modelo de plenitud espiritual  y humana, con talante de dialogo. Su palabra nos toca a fondo y nos deja profundamente asombrados y contagiados por su palabra que es un mensaje claro del Evangelio de Jesucristo.

f.-  Confidencia personal

San Juan de la Cruz recibió muchas confidencias secretas y noticias particulares, hechas por una multitud de personas que vieron en él al hombre fiel, seguro de sí mismo y de Dios, digno de confianza; a quien se podía confiar los secretos personales o la ejecución de cosas reservadas, incluso las preocupaciones espirituales, de las que hemos hablado mucho. Santa Teresa expresaba la seguridad que le infundía el parecer de fray Juan de la Cruz con un aforismo que se ha hecho célebre: «Todas las cosas que me dicen los letrados hallo juntas en mi senequita».

No vamos a hablar mucho sobre este punto y el siguiente, porque ambos entran “grosso modo” a formar parte intrínseca de su modo de ser, sus enseñanzas pedagógicas y su actuación profunda con los demás, y ya hemos insinuado algo anteriormente. Pero sí que vamos a ver algunos testigos que nos pueden enriquecer, para descubrir más pistas sobre lo que estamos diciendo. Y continuamos un poco con Santa Teresa.

Sucedió que, con la fama que fray Juan tenía en Ávila de poder expulsar demonios, la priora de Medina, Inés de Jesús, acudió a la Santa Madre para que proveyese al remedio de una monja de Medina que daba indicios de estar poseída del demonio. La Santa Madre le contestaba así, de una forma muy segura de lo que decía: «Ahí les envió al padre Juan de la Cruz para que la cure, que le ha hecho Dios merced de darle gracia para echar los demonios de las personas que los tienen. Ahora acaba de sacar aquí en Ávila de una persona tres legiones de demonios y les mandó, en virtud de Dios, que le dijesen su nombre, y al punto obedecieron» (Ep. n. 73, p. 180,  Ávila, octubre- noviembre de 1574). El Santo se convence luego de que no hay tal posesión, después de confesarla, y leerle los Evangelios, y dice sin titubeos: «Esta hermana no tiene demonio, sino falta de juicio».

Juan de la Cruz, maestro de oración y de contemplación, es un hombre que bebe de fuentes seguras como la Escritura y la tradición eclesial y nos trasmite enseñanzas firmes, empapadas de una experiencia vivencial y conmovedora de Dios.  

¿No será esto, por lo tanto, la misma cosa de la que nos habla Jesús en el Evangelio de San Marcos, cuando sus discípulos le preguntan sobre el endemoniado epiléptico: «Señor, ¿por qué nosotros no pudimos expulsarle?» Les contesta Jesús: «Ésta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración» (9, 28-29).

Ahora bien, nosotros podemos hacer la misma pregunta de otra manera: ¿De dónde le viene, a Juan de la Cruz, ésta seguridad interior que nos desborda con su contenido, cuando se exterioriza, y por qué la gente confía tanto en él, como si tuviese siempre respuestas satisfactorias y provechosas a sus dudas y angustias? La respuesta a ésta pregunta es obvia y clara como la luz del sol y nos la da él mismo. Escuchémonosle: «El alma que anda en amor ni cansa ni se cansa» (D, 96), y más tarde dice: «No piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios; y adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor...» (Ep. 26). La primera causa de lo que le está ocurriendo, no son los hombres sino DIOS  MISMO. El amor que se obtiene de la relación íntima con Dios en la contemplación es la clave mágica de toda relectura de Juan de la Cruz. Me atrevería, aún más a decir que San Juan de la Cruz era un hombre obsesionado de la presencia de Dios en su vida, y por lo tanto, de ella parte, vive, y se comunica con los demás. Y como es un hombre humana y espiritualmente transparente y llevado por la voluntad de Dios, lo es también a los ojos de quienes se comunicaban directamente con él.

«La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios».  Juan de la Cruz, inspirado en estas realidades verdaderas y de esta dimensión de lo humano, se ha esforzado para que el hombre entienda su dignidad y trate de favorecer ese dialogo con Dios. De aquí que Juan de la Cruz tiene hoy día, más que nunca, como antes también lo tenía, un carisma espiritual fuerte, una estima confidencial inabarcable y un mensaje de Dios necesario para todos. «Cuando, casi un tercio de siglo después de la muerte de fray Juan, recorra el padre Alonso de la Madre de Dios las provincias de Andalucía, aún verá cómo perdura vivo el recuerdo del gobierno paternal del Santo: un gobierno que todos añoran».

Y no olvidemos nunca que Juan de la Cruz opta preferentemente por los diálogos personales y siempre se identifica mejor con los encuentros individuales, como metodología de su enseñanza pedagógica, sea en la dirección espiritual o en el confesionario. No olvidemos tampoco que estamos viendo a través de una serie de  descripciones de la personalidad y los valores pedagógicos sanjuanistas, y el cómo Juan de la Cruz nos sigue educando por su misma persona hasta llevarnos a la cima de la perfección.  

g.-  Charla comunitaria y aviso breve

Como persona sensible a lo humano,  y, por lo tanto, un formador  exquisito en vida y praxis, y excelente religioso que sabe tener un nexo vinculante con la acción de Dios,  San Juan de la Cruz supo tener diversos estilos y varios modos personales para con su pedagogía humana. Las charlas comunitarias y espirituales del padre Juan de la Cruz eran sugestivas y atrayentes. Sus oyentes (en general) sentían necesitad de tomar notas mientras hablaba. Decían que Catalina de Cristo «tenía gran cuenta de escribir cuanto el Santo platicaba y hablaba, y de aquí vino a hacer un libro que tendría dos dedos de alto».

La madre Magdalena del Espíritu Santo dice también que «hacía algunas preguntas a las religiosas y, sobre las respuestas, trataba de suerte que se aprovechaba bien el tiempo y quedaban enseñadas... Yo procuraba apuntar algunas, para recrearme en leerlas cuando por estar ausente no se le podía tratar, y me los tomaron los papeles sin dar lugar a trasladar; sólo lo que pondré aquí dejaron». Nos llega también otro testimonio del padre Crisógono, sobre cómo el Santo daba instrucciones y charlas comunitarias a sus religiosos: «Fray Juan de la Cruz organiza el noviciado... Da normas y charlas, establece prácticas... deja de viva voz documentos de perfección espiritual. Instruye especialmente a uno de los profesos... para que haga de maestro de novicios».  

En cuanto a los avisos breves, Juan de la Cruz condensa en ellos una riqueza y densidad incomparables. Tanto las Cautelas como los Avisos especifican un tratado resumido de ascética cristiana: presentan uno y otro la táctica que debe ponerse en juego para purificar y transformar nuestros egoísmos, tan arraigados en nosotros mismos, y que nos invaden, a fin de hacernos esclavos de su posesión.  

En el Archivo Silveriano de Burgos hay un códice de éstos, con la siguiente nota: «Este tratadito (Dichos de luz y de amor) dio nuestro padre fray Juan de la Cruz a la madre Francisca de la Madre de Dios, monja de Beas». Esto hace pensar que el Santo llevaba cuenta de los papelitos personales que distribuía entre sus discípulos, o bien se los apuntaba en un cuaderno personal y de allí iba sacando para dar a cada uno el suyo. Es esto más probable que pensar que los escribía sueltos, según le venían, y luego se quedaba nota de ellos para sí. Nunca lo sabremos con certeza.

El carisma de formador de conciencias de Juan de la Cruz provoca en él tal solicitud y urgencia en ayudarlas en cada situación concreta, que le inspira la fórmula de los “billetes” o notas autógrafas, de las que conservamos por cierto la mínima parte. Asimismo,  las charlas comunitarias son fundamentales en el conjunto educativo de San Juan de la Cruz. Y antes de pasar al segundo capítulo, nos parece significativo transcribir las palabras de J. V. Rodríguez que resuman gráficamente lo que venimos diciendo a lo largo de este capítulo, y que puedan introducirnos a lo que vamos a ver en el capítulo siguiente. Oigámosle:

«Juan de la Cruz propicia una pedagogía coherente con sus ideas y no puede ser otra que una pedagogía sumamente humana y sumamente divina. Sumamente divina, como lo hace ver al escribir acerca de las tres normas o criterios que sigue Dios mismo en su gobierno del hombre: orden, suavidad, acomodarse al modo de ser de cada persona humana (2S, c. 17).  Juan de la Cruz habla del “estilo de Dios”, y se lamenta de que conozcamos tan mal ese estilo y que lo respetemos tan poco y que por eso mismo se cometen tantos errores pedagógicos, como el que denuncia sin paliativos en esta interpelación: “¿Quién jamás ha visto que las virtudes y cosas de Dios se persuadan a palos y con bronquedad?”. La pedagogía para hacer Santos y hombres auténticos ha de ser esa del orden, suavidad, adaptación, de ir al paso del hombre, al que el mismo Dios se acomoda y condesciende, respetando nuestra libertad y nuestro modo de ser mucho más de lo que pueda hace el hombre con sus semejantes»

 

CONCLUSIÓN

Como conclusión a lo visto en este capítulo, es necesario revelar algunos puntos esenciales: 

a)      Juan de la Cruz, el místico y ascético, el poeta y teólogo, fue también un verdadero educador en todos los sentidos de la palabra.

b)     Su forma de educar estaba ordenada a un Ideal de Perfección.

c)      Como verdadero formador, (en vida y praxis), Juan de la Cruz tenía una  indiscutible y determinada vocación educativa.

d)     Conocía a fondo el alma humana, lo que le ha permitido conocer al educando, también.      

e)      Sus modos pedagógicos apuntan a un solo dilema fundamental: “al todo por la nada”, es decir, que sólo cuando no haya nada de imperfección en nuestra naturaleza, podrá ésta alcanzar toda la perfección posible.

San Juan de la Cruz se propuso, con su personalidad humana o a través de sus escritos -aunque su humildad apenas se atreve a decirlo- enseñar los caminos del Espíritu, bien sea para aleccionar a almas ignorantes, o  para ilustrar a los maestros espirituales, y dar seguridad a las almas experimentadas en mística, dándolas a conocer su estado y las maravillas de la gracia en ellas.

San Juan de la Cruz, hombre permanentemente guiado por la acción transformadora del Espíritu de Dios, nos enseña un tesoro indescriptible, de una vez por todas: con Dios no se puede jugar, porque  Dios es Dios, y el hombre es hombre. Este último no tiene su sentido verdadero en la vida, o más bien no logra entenderse a sí mismo, hasta que descubra, por la acción de la gracia divina, su verdadera fuente y su punto de mira.

«San Juan de la Cruz es un misterio que nos desborda. Entre todos formaremos la figura completa. Después de todo, ¿se conocería él a sí mismo?».