CAPÍTULO TERCERO
PEDAGOGÍA DE LA VIDA NUEVA EN CRISTO Y DE LA ORACIÓN, EN EL CÁNTICO ESPIRITUAL
Como el mismo título lo indica, este capítulo tendrá su base esencial en el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, y va dividido en dos partes, división que impone la misma materia que se trata. En la primera, se estudia –grosso modo- la vida nueva en Cristo; en la segunda, la oración; eso sí, siempre tomadas en claves pedagógicas, como el meollo básico, sobre lo cual se está desarrollando todo nuestro tema central.
La pedagogía de la vida nueva en Cristo y de la oración, son dos pilares imprescindibles del Cántico espiritual y los iremos viendo a lo largo de este capítulo. El Cántico es un libro que tiene un sistema fuertemente pedagógico. Su misma estructura nos lo impone con evidencia clarividente. He aquí pues, el alma que, «cayendo en la cuenta» busca con ansiedad a su Amado Esposo. El alma empieza su camino hacia Dios, ejercitándose en los trabajos y penas de la mortificación, y en la meditación de las cosas espirituales. (1-5); después, entra en la vía contemplativa, en la que pasa el alma, por las rutas y etapas de amor que ha ido cantando y contando. (6-13); luego, va entrando en la vía unitiva en que recibe muchas y muy grandes comunicaciones y regalos de su Esposo, que la perfecciona en su amor. (14-21). La canción 22 es central, porque en ella se habla del matrimonio espiritual entre los amantes, el alma y su Esposo Amado. Sigue en esta situación hasta la canción 35. Desde la canción 36 hasta la 40, continuando en el tema del matrimonio, «se emplea en pedir al Amado este beatífico pasto, en manifiesta visión de Dios» (C, 36, 2). En esta división, se puede añadir otros términos más cercanos a nuestro tema pedagógico, es decir: el camino pedagógico-espiritual de Cántico es un itinerario de puro AMOR. Por lo tanto se hablará de una «trayectoria de amor», de «ansias de amor», de «unión de amor», y finalmente de «amor de gloria».
Hemos dicho ya, en el tercer apartado del capítulo anterior, que en Jesucristo, Dios se complace, se nos da y se hace presente allí toda la Trinidad. Ahora, nos toca ver las relaciones que existen entre hombre-Cristo y oración, que consecuentemente llevan al hombre (alma), por Cristo, a la unión con Dios.
Si siguiéramos poco a poco los pasos y el proceso del pensamiento sanjuanista en esta obra, nos daríamos cuenta en seguida de que el itinerario adoptado, es un camino fuertemente cristocéntrico, y que se adapta a un proceso claramente pedagógico.
El Cántico espiritual, prescindiendo de su trayectoria histórica y de su formación redaccional –como hemos hecho en Subida- es un libro más pensado, una obra madura y con dos fases de redacción; «más pedagógica», por lo tanto más universal y nos puede ayudar a acercarnos un poco a la fisonomía autobiográfica de nuestro Doctor universal. En este libro podemos encontrar un sumario de todo el mensaje sanjuanista; en él también, Juan de la Cruz, marca a todo hombre un recorrido espiritual completo, sintético, asequible, suave, interpretándolo en claves «casi exclusivamente afectivas». En síntesis, nos ofrece el Santo un camino integral de la vida cristiana en dimensiones de amor y de santidad.
Decía Santa Teresa: «una merced es dar el Señor la merced y, otra es entender qué merced es y qué gracia, otra es saber decirla y dar a entender cómo es» (V, 17, 5). Así hablaba la Doctora Abulense, para que entendamos los diferentes niveles en los que puede encontrarse una alma que se ve favorecida por el Señor, y con experiencias sobrenaturales. Ahora nos preguntamos: San Juan de la Cruz, maestro exquisito de espíritu, ¿pudo transmitirnos vivamente lo que sentía y vivía ardientemente junto a su Señor Jesucristo? O mejor dicho, ¿Supo vivir con un corazón vivo y ardiente de la presencia del Espíritu Santo, experimentando altas experiencias sobrenaturales, para luego poderlas transmitir con el lenguaje del Amor Divino? Pues, sin duda alguna, Juan de la Cruz, hijo predilecto y primogénito de Teresa de Jesús, ha dado a la más alta experiencia espiritual, una interpretación teológica inteligente y casi original. Ha sabido expresarla en un lenguaje suave de amor, y también manifestarla con las normas del desarrollo del amor de caridad. Juan de la Cruz, educador indiscutible de espíritu y de oración contemplativa, nos conduce directamente a contemplar al Dios de Jesucristo, en comunión con su Padre por el Espíritu Santo, un círculo de amor trinitario que está en relación continua de amor afectivo con el hombre.
Estamos pues, ante una de las obras más grandes del pensamiento humano; en ella Juan de la Cruz nos deslumbra con su genio poético, y parece como el poeta místico más importante de la lengua española; sus canciones son una de las más altas expresiones poéticas que existen en la literatura universal. Su espiritualidad exacerbada le suscita el asombro a su propia hija espiritual y Madre, Teresa de Jesús: «Dios me libre de gente tan espiritual que todo lo quieren hacer contemplación perfecta» (Vej. 7), y a otros muchos les deja desconcertados. El propio Juan de la Cruz advierte los misterios de sus versos delirantes, que llega a llamar «dislates» (C, Pról., 1-2), pero de estos misterios se sirve Juan de la Cruz para comunicarnos una experiencia espiritual inefable que acepta no haber comprendido razonablemente. Son interesantes las palabras de Luce López-Baralt que dice a este propósito:
«Ningún místico ha podido asegurar al mundo más allá de toda duda que ha visto la Realidad última cara a cara, no importa cuán persuasivo sea el símbolo o la imagen literaria bajo la cual haya logrado objetivar su experiencia... –y continúa la autora-... Para colmo, el místico que logra establecer esta relación consciente con el Absoluto se encuentra ante otro escollo comunicativo insalvable: sabe que la Trascendencia lo sobrepasa y a la vez lo incluye, que el contemplador se convierte en lo Contemplado y participa, sorprendentemente, de su Esencia infinita».
El itinerario místico-espiritual de San Juan de la Cruz, pasa siempre por la oscuridad de la fe para poder llegar a la esperada unión amorosa con Dios; este camino es obvio para cualquier persona que quiere emprender su largo viaje hacia Dios. Ahora bien, si Subida presenta la tarea espiritual sobre todo en función de la unión con la esencia divina, el Cántico espiritual se sitúa al contrario, es decir, en la perspectiva de la unión personal con Cristo, Verbo encarnado, Esposo del alma. Dejando siempre a la fe su papel primordial, el Amor se presenta desde el inicio como el dinamismo esencial del itinerario místico. Para describir esta intimidad amorosa, Juan de la Cruz habla de esponsales, de matrimonio, insertándose así en la tradición de la mística nupcial, que le ha ofrecido metáforas que parecen a veces muy atrevidas. Así, el Cántico constituye una de las más fuertes síntesis espirituales que haya existido en la literatura cristiana, y su poema tiene una simbología «inigualable».
La verdad, es que me siento impulsado a confesar que, hablar del Cántico espiritual, es un gran reto desafiante para mí, porque «todo equívoco contribuye a desorientar en la lectura y el estudio», y por eso creo que, hablar de ello, equivale a entrar en una aventura amorosa y desconcertante, necesitada siempre de cierta experiencia previa de Dios. En consecuencia, arriesgándome un poco, me lanzo a entrar en este viaje entrañable, viendo que a medida que uno se adentra en ello, se hace más desconcertante y asombroso, a la vez que atrayente, seductor y conmovedor. Este es el mundo de lo trascendental y al mismo tiempo comunicativo, de lo simbólico y, a la vez, real. Misterio infinito, Dios se nos hace presente en el Cántico espiritual a través de su Amor filial. Teniendo en cuenta esta gozosa problemática del Cántico, me limitaré a ofrecer, siempre dentro del limite y el ambiente de nuestro tema principal, unos rasgos elementales sobre Cristo y la oración, como la alta manifestación, esencial y sintética, de las muchas que tiene Dios en su pedagogía con los hombres.
Dejando la última palabra a Llama de amor viva, para introducirnos al tema del Espíritu Santo, nos sentimos inconscientemente empujados a hablar de ello aquí y en todo momento y lugar, porque estando tan unido a Cristo, ni siquiera se ausenta por un instante de nuestra relación con Dios, por Cristo. La pedagogía de Dios se sirve de la omnipresencia del Espíritu Santo, para transformarnos en Cristo. Así se expresa Federico Ruiz, hablando de la pedagogía divina:
«El tema de la pedagogía divina implica graves consecuencias en el orden de la acción. Primeramente para el sujeto interesado, que debe aprender desde el principio de la vida espiritual a escuchar y ser dócil al Espíritu Santo. Y también para los maestros espirituales, que fácilmente olvidan que el Espíritu es el principal maestro y guía, no solamente de las almas místicas, sino de todo cristiano que sigue los caminos del Señor. Por no deslindar competencias, tiranizan a las almas, quitándoles la libertad de los Hijos de Dios».
La señal verdadera de que el alma está en sintonía con Cristo, y de que está transformada en su amor, será el encontrarla coherentemente blanda y maleable al Espíritu Santo, su agente directo, y fiel continuador de la obra salvífica de Cristo en el mundo. Aunque no sea el agente único, sí que es el agente principal, y nuestra transformación en Cristo depende mucho de Él. Juan de la Cruz le llama «vida del alma» (L, 3, 62), expresión rotunda, ya que acepta que el Espíritu Santo hace que el alma viva. Todas las flores de virtudes las causa el Espíritu Santo. Aparece una presencia efectiva del Espíritu Santo en toda la obra sanjuanista y su función capital en la santificación. Los documentos de la Iglesia, nos revelan también su gran importancia en la vida nueva en Cristo; de hecho, el acto de fe que nos relaciona con Dios en Cristo, lo podemos hacer gracias al Espíritu Santo. El reconocimiento de Cristo por parte nuestra es obra del Espíritu Santo. «Él es quien nos precede y despierta en nosotros la fe» (CIC, 683). Por lo tanto, vivir espiritualmente en Cristo es renovarse constantemente en el Espíritu. La filiación adoptiva y la renovación en el Espíritu se producen a través de la asociación a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo.
En su sabia pedagogía divina, Dios dispone de la presencia del Espíritu Santo, como factor esencial en su adaptación al proceso del alma (Cf. 2S, 17, 2). Y, cuando el alma ha hecho una gran labor de purificaciones activas (Cf. Subida, I, II, y III), su nueva vida consiste en vivir unida al Amado Cristo, en una novedad apasionante y envolvente, transformada por la presencia del Espíritu Santo, formando un círculo trinitario presente siempre en la vida del alma y, que desde allí, empujándola a conformarse a la nueva vida en Cristo. «Por lo cual es de notar que el Verbo Hijo de Dios, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, esencial y presencialmente está escondido en el íntimo ser del alma; por tanto, el alma que le ha de hallar conviene salir de todas las cosas según su afección y voluntad, y entrarse en sumo recogimiento dentro de sí misma...» (C, 1, 6).
Nos damos cuenta en seguida de que, en la mayor parte o, mejor dicho, casi siempre, Juan de la Cruz prefiere contemplar la obra del Espíritu Santo, siempre unida a la del Salvador, o al menos, referida a Él, el Hijo de Dios, Jesucristo. «En este aspirar el Espíritu Santo por el alma, que es visitación suya en amor a ella, se comunica en alta manera el Esposo Hijo de Dios. Que, por eso, envía su Espíritu primero como a los apóstoles, que es su aposentador, para que le prepare la posada del alma esposa, levantándola, en deleite, poniéndole el huerto a gesto...» (C, 17, 8). El Espíritu Santo será la señal de nuestra pertenencia a la nueva vida en Cristo.
Juan de la Cruz le denomina el espíritu del Esposo Amado. (Cf. L, 1, 3). Por eso clamará: El aspirar del aire/ el canto de la dulce filomena/ el soto y su donaire/ en la noche serena/ con llama que consume y no da pena (Canción 39). Está claro, pues, que la vida nueva en Cristo, no sólo consiste en la transformación del Espíritu Santo, sino en toda la Trinidad. La transformación en el Espíritu Santo, nos conduce a una mayor intimidad con Cristo y personalización con Él. Teniendo en cuenta su importancia, no hemos de subordinar su acción solamente a la mera acción de Cristo, porque el Espíritu Santo, está siempre trabajando en el pecador y en el pagano como agente primordial, aún antes de la Encarnación de Cristo. «Hay que mirar atrás, comprender toda la acción del Espíritu Santo aún antes de Cristo: desde el principio, en todo el mundo y, especialmente, en la economía de la Antigua Alianza. En efecto, esta acción en todo lugar y tiempo, más aún, en cada hombre, se ha desarrollado según el plan eterno de salvación».
En definitiva, el Espíritu Santo es el que despierta y alienta el amor de Cristo, el que prepara al hombre para el encuentro con el Señor. Su presencia se nota especialmente en el desposorio del alma con su Esposo Cristo, es el que dispone para el matrimonio espiritual, y suscita una honda experiencia, depositando en el alma deseos de eternidad. En efecto, el Espíritu está siempre en un estado de embriaguez continua en Cristo y viceversa, y a la vez con el Padre. Hablando de uno u otro, nos sentimos obligados, al menos, a mencionar sus relaciones siempre mutuas y amorosas, que por su extensión abundante implican también al hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, en dichas relaciones, haciendo de él un ser digno de la presencia de la divinidad.
No perdamos de vista la estructura elemental de Cántico, que es de pura pedagogía divina. También hemos de recordar siempre que, según nos transmite la tradición asiática, «Cristo y el Espíritu Santo, son las dos manos del Padre» (San Ireneo), es decir, Trinidad unida desde el principio en el Amor que, a su vez, llamea chispas de ternura y de amor; por lo tanto, unidad y gratuidad, son dos esencias inseparables del conjunto trinitario. En consecuencia, el hombre, afectado por esa relación de Amor trinitario, resulta ser una criatura hecha a imagen y semejanza de Dios.
Ahora bien, la pedagogía de Dios siempre insiste en que debemos transformamos en Cristo, el Sumo Artífice de esa pedagogía, y que el mismo Dios nos lo habló todo en su Hijo y ya no tiene nada que decirnos (Cf. 2S, 22, 3) y porque «Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos, y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías, y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí» (D., 26). Es evidente pues, que en la mente sanjuanista, el paso por Cristo, para llegar a la amorosa transformación y unión con Dios, es un hecho real y obligatorio. Y tengamos en cuenta que, para San Juan de la Cruz, escribir sobre Cristo, es más una relación con la Persona de Cristo que un tratado de cristología, una comunión teologal que acumulación de informaciones doctrinales, y finalmente, no es una mera repetición de cosas ya dichas en distintos lugares sobre Cristo.
La primera iniciativa es siempre de Dios. Él nos amó primero, libremente, dándonos a su único Hijo, para que nosotros también le amemos, transformándonos en su único Hijo. En la medida en que nuestra transformación se haga cada vez más visible y madura, estaremos más seguros y cercanos de la visión beatifica de Dios, es decir, de la esperada unión con Él, porque el contacto con la gracia de Cristo, no nos deja impasibles, sino que nos envuelve enteramente hasta hacernos uno con Él. Creo que Dios, no se da por satisfecho, como Padre, hasta que nos transformamos plenamente en su Hijo, y hacia esta transformación, nos lleva, en su pedagogía para con nosotros.
«El mirar de Dios es amar» (C, 19, 6; 31, 8). Expresión contundente, significativa e inspiradora. Palabra vibrante que se repite muchas veces y en varios lugares, con diversos matices, en esta obra sanjuanista. Lo que nos deja entrever la inclinación sanjuanista al sistema más bien afectivo que al racional, en su concepción de Dios. Más tarde lo veremos, en la segunda parte sobre la oración. En realidad la pedagogía de Dios, insistiendo en la transformación del alma en Cristo, le hace caer en la cuenta, en toda circunstancia según conviene:
«Cayendo el alma en la cuenta de lo que está obligada a hacer, viendo que la vida es breve, que la senda de la vida eterna estrecha, que el justo apenas se salva, que las cosas del mundo son vanas y engañosas, que todo se acaba y falta como el agua que corre, el tiempo incierto, la cuenta estrecha, la perdición muy fácil, la salvación muy dificultosa; conociendo, por otra parte, la gran deuda que a Dios debe en haberle criado solamente para sí...».
Este “caer en la cuenta”, causado por la mirada activa de Cristo en lo íntimo profundo de la persona, hace posible su descubrimiento. Por eso, el alma comienza a invocar a su Amado y dice: ¿Adónde te escondiste/ Amado, y me dejaste con gemido? / Como el ciervo huiste/ habiéndome herido/ salí tras ti clamando, y eras ido» (C, 1, 1). Empieza a buscarle con ansias, quiere encontrarle y unirse con Él, porque «Sólo en unión con Cristo puede fraguar la propia vida personal». Vivir así, para el alma, es morir de amor. De hecho, todos los enamorados comprenden, más o menos, el por qué del comportarse el alma de este modo. Cristo es la meta, el por qué y la causa de su estado actual. Con su mirada la dejó en blanco y sin palabras. Por eso, en búsqueda de Él, sale el alma con muchas ganas e ilusiones de encontrarle y, cuando le encuentre, tendrá todo y habrá una gran alegría. Cuando mira Dios al alma, se interesa por ella con su infinita misericordia, por lo tanto, la ama purificándola con su mirada. «Es de saber que la mirada de Dios cuatro bienes hace en el alma, es a saber: limpiarla, agraciarla, enriquecerla y alumbrarla» (C, 33, 1). Siempre Juan de la Cruz apunta al proceso de la fe, en su camino espiritual, hacia la unión con Dios. La esperanza se ordena a la transformación en Cristo, la fe dilata los espacios de la esperanza.
Filosóficamente hablando, la mirada tiene rasgos negativos para algunos filósofos modernos. Sin entrar en el juego de la filosofía, cada uno puede juzgar a partir de su experiencia personal. ¿Cómo se encuentra uno, al sentirse mirado atentamente por alguien? Se dan dos posibilidades: o la persona mirada es una figura importante y por eso se fija atentamente en ella, o la persona que mira, quiere seducir a la otra persona mirada, para intereses personales. En los dos casos, hay intereses. Pero con Dios, es todo lo contrario. Con su infatigable pedagogía, Dios nos mira, simplemente porque nos ama y su amor traspasa nuestros limites. El amor de Dios, arrastra al alma hasta lo profundo del mismo Señor. Podemos decir, rotundamente, que Dios, porque nos ama, hizo posible, al encarnarse, algo que era imposible por su esencia: morir, dar la vida por amor a nosotros...
Dios nos educa también a través de su mirada sacramental, porque el sacramento es un signo real de su presencia en el mundo y entre los hombres. El crecimiento en la fe aumenta entonces, en la medida en que el hombre sabe mirar las cosas y los eventos de cada día de una forma sacramental, es decir, con los ojos de la misma fe, con los ojos de Dios mismo. Una mirada sacramental no es otra cosa que una mirada contemplativa en la profundidad íntima de una relación entre el hombre y su Creador. Por eso afirma Juan Pablo II:
«Urge ante todo cultivar, en nosotros y en los demás, una mirada contemplativa. Esta nace de la fe en el Dios de la vida, que ha creado a cada hombre haciéndolo como un prodigio (Cf. Sal. 139, 14). Es la mirada de quien ve la vida en su profundidad, percibiendo sus dimensiones de gratuidad, belleza, invitación a la libertad y a la responsabilidad. Es la mirada de quien no pretende apoderarse de la realidad, sino que la acoge como un don, descubriendo en cada cosa el reflejo del Creador y en cada persona su imagen viviente (Cf. Gn.1, 27; Sal. 8, 6)».
Juan de la Cruz comienza desde aquí su proceso educativo, es decir, enseñar a cultivar la mirada sacramental de Dios. Ya hemos visto detenidamente cómo nos educa el autor de Subida, a tener siempre una mirada adulta sobre las cosas, y no condicionados por ellas. La desnudez en todas las cosas, no es más que ir al fondo de las mismas, y no quedarse superficialmente en ellas. Aquí se trata del cómo se miren las cosas. Todas las cosas son criadas por Dios. Por eso son, en sí mismas, buenas, porque nos reflejan el rostro de Dios. Toda complejidad o mal que surge de esas cosas, se relacionará con nuestra mirada hacia ellas. En definitiva, Dios nos educa por medio de la mirada transformadora de Cristo, y quiere a la vez que nos transfiguremos en su único Hijo Jesucristo, Señor y Autor de la vida. Dios con su mirada amorosa y su Palabra definitiva, nos otorga el sentido último de la vida, para que nosotros, apoyados por esta mirada, recobremos nuestra dignidad de ser imagen de Dios, en el Hijo y su Espíritu.
Estamos viendo a lo largo de este capítulo, el procedimiento de la pedagogía de Dios que, peldaño a peldaño, va conduciendo al alma hasta hacerla llegar a poder conformarse totalmente a su paso divino. Hemos notado cierta diferencia formal del proceso de Dios para con el hombre, en la Subida y en el Cántico. Siendo siempre el mismo Dios (en Subida y en Cántico) que nos educa con el mismo estilo según conviene a cada alma y para su bien mayor, Juan de la Cruz quiso sellar el Cántico con una referencia continua al simbolismo esponsal que suaviza toda la marcha del hombre hacia Dios. El amor, entonces, es clave imprescindible en este camino y que se manifiesta por el enamoramiento nupcial entre el alma y su Amado Cristo. En efecto, Juan de la Cruz comienza, ya desde el inicio, su Cántico espiritual por la declaración de la fuerza del amor que empuja el alma a buscar a Cristo. Educando Dios al alma a desprenderse de todo lo criado y de todo lo que no tiene sentido fuera de Él, es decir, educándola a tener la mirada siempre fija en el Señor, autor de la vida, se le permite ahora, dejarse modelar por la búsqueda ansiosa de su Amado.
Al hablar del Cántico espiritual, F. Ruiz lo titula «Vivir de amor». En efecto, los protagonistas de Cántico son Cristo y el alma, que se intercambian amores en un círculo de afectividad envolvente. Dios hace caer al alma en la cuenta para que tenga una nueva experiencia de un amor verdadero y duradero, que arranca desde Jesucristo el Amado, Dios, y termina en Él. Ahora, pues, es el momento oportuno en que el alma organiza más y mejor la marcha en busca del Amado. Siempre impulsada por Dios, decide el alma buscarle por la obra, es decir: ha de ir ejercitándose en las virtudes y ejercicios espirituales de la vida activa y contemplativa; no ha de admitir deleites ni regalos algunos, no ha de detenerse en cosas efímeras, ni ser impedida por las fuerzas ajenas, (mundo, demonio y carne). En una palabra: «el camino de buscar a Dios es ir obrando en Dios el bien y mortificando en sí el mal» (C, 3, 4). En otros términos, la pedagogía divina hace entender al alma que todo lo que ha hecho hasta ahora, ha sido una simple disposición para empezar el camino, ejercitándose en conocer primeramente a Dios, conocimiento que la hace entrar en una aventura de amor sobre toda razón. Todo esto, tiene un sólo fin y es: enamorarse cada vez más de Dios. En realidad, cuando el alma se enamora totalmente del Señor en comunión con el Padre y el Espíritu Santo, se convertirá en un foco de irradiación del mismo amor, porque la pedagogía de Dios es amorosa, y todo en Ella se soluciona en amor, y también, porque desde este amor, el hombre se siente audaz con Dios. En fin, el hombre ha de recordar siempre, que a la tarde es examinado en el amor (Cf. D, 64), y porque enamorándose del Señor, la pedagogía de Dios lo recrea con su amor dándole todos los bienes que en él se contienen.
Recreada desde lo alto por la fuerza transformadora del amor de Dios, el alma vive ahora de modo diferente de cuando desconocía a Cristo. Este nuevo estilo del alma está medido por esa relación con Cristo. Podríamos decir que la pedagogía de Dios maneja todo para mayor bien del hombre, convirtiendo a Cristo como el centro de interés y el punto de mira de este hombre. El nuevo estilo del alma será como el nuevo castillo de la esposa, dónde vivirá con su Amado Esposo, porque el instrumento nuclear de la pedagogía de Dios es el misterio de la Encarnación, ya que por medio de Él, Dios embellece a todas sus criaturas dándoles de su aliento –Cristo- una nueva imagen de “hermosura”. Todo esto, lo hace Dios para darnos a entender que, «Todas las cosas en él son vida, y en él viven y son y se mueven» (L, 4, 4). Este modo de vivir, será el nuevo estilo del alma, es decir, moverse completamente en Dios por el Hijo en el Espíritu.
Digamos ahora que, la pedagogía de Dios se sirve únicamente del amor para sacar adelante al alma en la transformación de Cristo, porque engrandeciendo Dios al alma por la transformación de su Hijo, la iguala a su mismo nivel, amándola tal como es. La nueva actividad del alma será pues, el Amor. Como Dios la amó, tanto ella también, lo tiene que amar, ofreciéndose totalmente a su Esposo sin que se detenga un instante para pensar en sus beneficios personales. El nuevo paso del alma será entonces un «ejercicio de amor» porque éste será el único trato con el que puede comunicarse con Dios, y porque aquí «Todo se mueve por amor y en el amor» (C, 28, 8), y «la salud del alma es el amor de Dios» (C, 11, 11). Al hombre no le queda más remedio que vivir de ese amor, anhelando lo que se llama la visión beatífica, cara a cara de Dios, que será posible sólo después de su muerte real. Después de una cierta experiencia de amor con su Amado Cristo, el alma se da cuenta de que «el fin de todo es el amor» (C, 38, 5), que Dios tanto la amó, hasta regalarla todo lo que tiene, es decir, el desposorio con su único Hijo Jesucristo. Su nuevo estilo, consiste pues, en conformarse únicamente a esta unión esponsal que es el regalo de Cristo. El mismo Santo advierte que es difícil este nuevo estilo, porque el hombre ha de tener una “determinada determinación”, es decir, no volver la vista nunca atrás. En una palabra, no vivir un falso amor. Es difícil también este nuevo estilo del alma, porque los que no lo tienen no lo pueden comprender, y piensan que el alma que tiene una relación exclusiva con Dios, es ajena a su entorno normal. Siendo sinceros, podríamos decir en realidad que, llegada el alma a este estado de transformación en Dios, no es ya ella quien se dirige a sí misma, sino que es Dios mismo el que la dirige enteramente.
En conclusión, «l’amante ne l’amato se transform[a]». Y, «Amore non è altro che una trasformazione dello amante nella cosa amata». Podríamos afirmar con Juan de la Cruz, que ya el alma no le queda otra opción que vivir sólo de fe y de amor, porque en la fe y en el amor, el alma se encuentra definitivamente a sí misma, encontrando consecuentemente a Dios. Juan de la Cruz, místico agudo y profeta inspirado por la ciencia infusa de Dios, nos mantiene largamente pendientes del amor transformador de Dios, sin que nos sintamos cansados por su efecto; al contrario, en la medida en que el hombre se deja escrutar por la divina providencia, cada vez más se siente enamorado con su fuerza transformadora que le sondea profundamente, dejándole en “soledad de amor herido”.
He aquí siempre la pedagogía de Dios que toma de la mano al hombre renovado, para llevarle al estado definitivo de la vida nueva en Cristo. Se va acostumbrando pues, a este nuevo estilo de vida, mirando y gozando de la presencia contagiosa de su Esposo Amado, Cristo. En tanto que el alma se va acostumbrando a esta transformación en Cristo, Éste la va exaltando y glorificando, mientras ella sigue mirando a Dios en la contemplación amorosa, sabiendo que salió de Dios y regresará a Él. Aquí el alma viene revestida de Cristo, porque ya Cristo vive en ella comunicándola la gracia santificante de Dios. Por lo tanto, Cristo quiere más intimidad con el alma pasando tanto tiempo con ella y a solas porque «en la soledad se comunica y une él en el alma» (C, 35, 1). En consecuencia, los amantes se poseen queriéndose mutuamente, uno se da al otro en una unión de amor circundante. La presencia divina está allí siempre presente orientando esta marcha unitiva de los amantes: de la esposa hacia su Amado y viceversa. En esta marcha Dios se manifiesta y se glorifica.
Ahora bien, hemos dicho ya que, llegada el alma aquí, va completamente guiada por Dios, porque ella ya no entiende nada fuera del amor por su Amado. En consecuencia, el gozo de esa dicha aventura del alma con Cristo, la lleva a ansiar vida eterna, una vida que será solamente posible en la consumación total y perfección de su estado actual, por lo cual el alma lucha sin descanso, y no para hasta llegar a él. Mientras tanto, Cristo va cambiando a toda la persona, que ahora se siente «vestida de Dios y bañada en divinidad» (C, 26, 1) y que no tiene más caminos que irse “a ver la hermosura de Dios”.
No hemos de olvidar que todo este camino de unión es obra de Dios. Por lo tanto es Dios, haciéndonos entrar en las primicias de una nueva vida, el que nos estimula a dar el primer paso, empujándonos con amor y paciencia. Es Dios, quien hace entrar a la persona en la Noche larga de su purificación; es Dios quien introduce a la persona en la unión transformante de Cristo; en fin, es Dios el que la transforma en su hermosura. La pedagogía divina «va llevando al alma de grado en grado hasta lo más interior» (2S, 17, 4), y aquí lo más interior del alma es el ver gloriosamente a Dios en la vida eterna.
«Las últimas estrofas de Cántico recogen el clamor de llama». Efectivamente, si nos fijáramos con atención en los escritos sanjuanistas, nos daríamos cuenta en seguida de que Juan de la Cruz conecta todos sus libros por un hilo conductor: acaba uno dejando el paso al otro. Por consecuencia, si el lector pierde de vista esta premisa, la doctrina del Santo le queda incompleta, ha de hacer el esfuerzo de tomar todo el conjunto espiritual, para mayor entendimiento y provecho de su obra.
Dios da el paso a una nueva situación, y es que el gozo de la presencia de Cristo hace que el alma ansíe convertirse «ahora en hermosura que se desea ya gozar en la eternidad», y transformarse en la hermosura de Dios. Dios hace posible que el alma se introduzca en el corazón de Cristo embriagándose de su humanidad gloriosa. Pero por éstas razones, el alma tiene que trasladarse a otro mundo nuevo, dibujado por la presencia eterna de Dios. «El aspirar del aire/ el canto de la dulce filomena/ el soto y su donaire/ en la noche serena/ con llama que consume y no da pena» (Canción 39).
Por Cristo, Dios se nos da completamente, regenerándonos a una nueva vida en Él. La meta última del mensaje y la misión de Cristo es llevarnos a Dios. En otras palabras, por Cristo, Dios nos despeja el camino hacia Él, pero nos lo presenta tajante, es decir, determinante.
La sabia pedagogía de Dios, encamina al hombre paso a paso, desde su pecado, pasando por la conversión, la regeneración a una nueva vida en Cristo, y finalmente hasta llevarle a renacer en el Espíritu Santo. «No dio poder a ningunos de éstos para poder ser hijos de Dios, sino a los que son nacidos de Dios; esto es, a los que, renaciendo por gracia, muriendo primero a todo lo que es hombre viejo, se levantan sobre sí a lo sobrenatural, recibiendo de Dios la tal renacencia y filiación... Y renacer en el Espíritu Santo, en esta vida, es tener un alma simílima a Dios en pureza...» (2S, 5, 5).
Cristianamente hablando, conocemos a Dios por medio del misterio revelado. En este sentido, la revelación es lo único que tenemos para conocer a Dios. Y en esto, Juan de la Cruz está totalmente de acuerdo, porque no hay otra salida. Más aún, para Juan de la Cruz, la encarnación del Verbo es la obra más grande en la cual Dios se manifiesta, se nos da a conocer, y sigue manifestándose hasta el fin del tiempo por la presencia del Espíritu Santo. Por cierto, nuestro místico encabeza todo su camino espiritual inspirándose en Jesucristo. Sobre todo en Subida, Cristo es el “camino, la verdad y la vida”, Cristo es la “única palabra del Padre”. De aquí la conclusión deducida por nuestro Santo: el hombre espiritual tiene que entender -una vez por todas- que cuanto más se niega por amor de Dios, más se unirá a Él y su obra será grande, y esto la hará sólo por Cristo porque Él es nuestro ejemplo y luz. Juan de la Cruz contempla toda su vida espiritual desde Cristo, el Amado buscado, de lo que es fácil darse cuenta, y de modo inmediato, en el Cántico espiritual. El Cristo de Cántico es el Cristo encarnado-resucitado, el Esposo del alma, Hijo de Dios y revelador del Padre. Por lo tanto, Juan de la Cruz «sitúa en Cristo el punto central sobre el que se vertebra la obra de Dios... Cristo es el único que conduce a Dios».
A través de los escritos sanjuanistas, podemos entrever que la pedagogía de Dios tiene una preferencia vital por el misterio de la Encarnación como nuestra forma de acercarse a Dios. Por lo tanto, Cristo es el foco existencial y definitivo de toda nuestra unión con Dios. La pedagogía de Dios se conforma al proceso espiritual del hombre, «por vías sensibles y recursos marginales, hacia las formas puras y personales», porque «Dios es quien recrea, diviniza, une al hombre consigo. “¿Cómo se levantará a ti el hombre, engendrado y criado en bajezas, si no le levantas tú, Señor, con la mano que le hiciste?”, canta el alma enamorada».
Hemos dicho arriba, que la pedagogía de la vida nueva en Cristo y de la oración, son dos pilares imprescindibles del Cántico espiritual. Pues, he aquí la segunda parte de nuestro presente capítulo, que es una consecuencia práctica de la vida nueva en Cristo: la oración, instrumento eficaz que nos hace sentirnos al lado de Dios. Por medio de la oración, Dios primeramente nos abre el camino hacia la comunión con Él, sale a nuestro encuentro, y nos habla al corazón. La pedagogía de Dios –en el Cántico espiritual- nos enseña que, por la oración, el hombre puede acercarse a Dios hasta descubrirlo íntimamente.
Es de mucha importancia el parecer de Santa Teresa sobre la oración, porque nos puede ayudar a situar bien el tema del que tratamos. Según ella, la oración es: «Tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama». Basándonos sobre esta célebre y profunda definición teresiana, subrayamos dos palabras claves en nuestra relación con Dios: la amistad y el amor y que, en la oración, Dios se nos presenta como amigo y compañero de camino, con cuyo amor, nos ofrece todo lo que tiene. Ahora bien, el Cántico Espiritual es un mensaje verdadero de amor de Dios y, por lo tanto, un libro de vida que nos educa a acercarnos a Dios en la oración.
El orante es un ser que va de camino; es un caminante que se va abriendo progresivamente en colaboración con la gracia de Dios, a su misterio de amor, a su infinita ternura, a la insospechada sorpresa que diariamente va revelando al hombre, engrandeciéndolo, para que llegue a ser lo que es y a desarrollar su verdadera vocación, es decir, de hijo amado de Dios, hombre perfecto en Cristo o, dicho de otra manera, para que el hombre llegue a alcanzar la estatura de Cristo, configurándose con Él.
El hombre nunca podrá entender la infinita misericordia de Dios para con él; sólo hay una pálida sospecha de este gran amor; por medio de la oración, -siempre por impulsos de Dios- el hombre va cayendo en la cuenta de su inmensa pequeñez, pero también de su infinita grandeza, ya que Él, el Señor, el Amado, el Emmanuel, se ha encarnado para elevar al hombre hasta su verdadera dignidad, haciéndolo partícipe de la vida divina, es decir, de la vida nueva en Cristo.
El hombre es un ser en proyecto, que se va realizando en la medida en que se va abriendo al insondable mundo de la oración y del amor. Con la oración, el hombre se va zambullendo en el misterio Trinitario de Dios y va siendo divinizado, asediado por dentro con el fuego del Espíritu que le va purificando y le va capacitando para el encuentro amoroso y transformante con su Amado el Señor. En la oración, el hombre descubre el inmenso amor que Dios le tiene (1Jn. 4, 10), y también se adentra en la respuesta a Él por amor: «Nosotros amamos porque Él nos amó primero» (1Jn. 4, 19). En consecuencia, el camino del orante ha de ser de mucha paciencia y siempre relacionado con el verdadero amor, y Dios desde su infinita y sabia pedagogía le va labrando y purificando en la Noche oscura hasta hacerlo capaz de Él, capaz de contener al mismo Dios y de hacerse uno con Él.
Según la doctrina sanjuanista, el hombre nunca termina de crecer; siempre está llamado a más y pienso yo que, aún en el cielo, seguiremos creciendo en Dios, porque Él es infinito e infinitamente estaremos configurándonos con Él, amándole y asumiendo su realidad divina. Si Dios es infinito, infinito es el proceso que nos llevará a la comunión total. La oración es, por tanto, un desplegar todo el potencial del hombre; es el despliegue de las alas del espíritu que nos capacita para volar hasta la intimidad del misterio trinitario; es el ensanchamiento del hombre en su dimensión más profunda, en su realidad de Hijo de Dios, creado a imagen y semejanza suya.
En Génesis 1, 26, la Escritura nos dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. La imagen la recibimos en el momento del nacimiento ya que hemos sido creados a imagen del Hijo; el Padre crea al hombre en virtud de lo que sería la imagen del Verbo encarnado, el Hijo de Dios; por tanto, esa imagen es un regalo suyo. La semejanza es esa realidad divina que, a través de la oración, se va desarrollando en el hombre hasta configurarse con Cristo. Todo el proceso que descubrimos en la obra de Juan de la Cruz no es más que ese camino de ascenso hacia la semejanza con Dios. Esta idea, plasmada a lo largo del Cántico espiritual y en general en toda la obra del Santo, está en íntima consonancia con los padres de la Iglesia, sobre todo los padres griegos se preocuparon de ahondar en este gran misterio, tarea que no han abandonado nuestros místicos.
Juan de la Cruz, no solo bebió de estas fuentes, sino que pronunció una palabra nueva, fundamentada en su propia experiencia personal, en su andadura de místico, pedagogo y enamorado. Juan de la Cruz fue un gran maestro de oración cristiana; él nos ha enseñado a dialogar desde el amor, a descubrir la presencia y la figura del Amado; nos ha enseñado que la oración es pura experiencia de amantes.
El camino de la oración no es fácil; bien lo hemos entendido por el Santo; el hombre pasa por muchas arideces y también por grandes fervores; a veces se siente íntimamente cercano a su Señor y otras veces experimenta la terrible prueba de la sequedad, del sin sentido, del vacío, y hasta de la ausencia de Dios. Por eso, el orante sólo puede fundamentarse, para el encuentro de Dios y la comunión con Él, en las tres virtudes teologales; sin ellas no podrá llegar a puerto seguro. De ahí que el Santo carmelita se preocupe tanto de la formación de los orantes, en su trato personal y directo con Dios. Por experiencia, sabe que sólo no se puede caminar; él mismo sale al encuentro de los orantes para hacerse compañero de viaje, luz en el camino, apoyo en el desaliento, y en definitiva, maestro de los aventureros del amor.
La verdad, es que el hombre para llegar a Dios tiene que poner todo lo que está de su parte, pero no se debe olvidar que la contemplación es un regalo plenamente gratuito, surgido del amor misericordioso y generoso del Señor. El hombre hace sus pequeños aportes en la búsqueda del amado, pero el amado le sorprende revelándose sorpresivamente, tomando entre sus brazos a esa criatura imposibilitada para acceder a Él, la engrandece, la purifica, la hermosea y embellece, hasta hacerla semejante a sí, dándole a saborear la verdades eternas y haciéndole partícipe de su amor trinitario. En la contemplación sanjuanista, la experiencia de Cristo abre a la persona nuevas perspectivas, ya que el Cristo resucitado esta plenamente empapado en la vida nueva del hombre renovado por el Espíritu del Señor.
El hombre no llega a la contemplación; es introducido en ella, gratuita y misericordiosamente, por Aquel que de él se enamoró y ha decidido conducirlo hasta su más íntima morada. San Juan de la Cruz nos ha revelado que este misterio de la contemplación es una invitación hecha para todos; no se trata de algo reservado para unos privilegiados ya que la invitación al Banquete está hecha, por Jesús, para todos. El Santo ha logrado describirnos con tal profundidad y belleza este proceso, como pocos han podido hacerlo en la historia de la humanidad; nos presenta un Dios cercano, amante, con capacidad de dialogo y de entrar en relación y trato con el hombre. Con realismo y originalidad, el autor de Cántico describe tanto la purificación como la grandeza del encuentro. El caminar de la mano de Juan de la Cruz es garantía de encuentro amoroso y “oración contemplativa” de Dios. Su doctrina es doctrina segura, porque nos hace llegar en breve a Dios. He aquí el testigo de una Santa mujer que vivió muy cerca de él, y que su testimonio nos puede ayudar a entender lo que era Juan de la Cruz:
«El testimonio de la Madre Teresa sobre fray Juan no sólo destaca por su volumen, sino por su calidad y variedad... la Madre Teresa lo va presentando como joven decidido y emprendedor, como director espiritual lleno del “espíritu de nuestro Señor”, como escritor primerizo, hombre fiel en la prueba, sin quiebras en la amistad, apto para el gobierno, de aguante en el sufrimiento y “con caudal para el martirio”; pero sobre todo como hombre de experiencia espiritual, “muy espiritual y de grandes experiencias y letras”, “hombre celestial y divino”, “harto Santo”, “es un Santo”, “es una gran pieza”, “pocos como él”, etc.».
Este testimonio de Santa Teresa transmitido por el padre T. Álvarez, no lo hemos puesto aquí, tanto para resaltar la figura del personaje sanjuanista como pedagogo espiritual –lo que vimos en el primer capítulo- cuanto para dar a entender lo que era Juan de la Cruz a los ojos de sus amigos, porque creo yo, que lo que somos a los ojos de nuestros amigos y compañeros nos da una idea clara de quiénes somos a los ojos de Dios.
La contemplación, «término clave en el corpus sanjuanista, abundantemente utilizado por él, grávido de contenido teologal, merece una atenta reflexión»; es evidente pues, que en la mente del Doctor Místico, la contemplación está casi siempre presente y activa; eleva el entendimiento hacia concepciones divinas, y en la medida que su influjo se hace sentir sobre todo el hombre, todo lo transporta en su vuelo, porque está completamente impregnada del amor divino. «La contemplación sólo lo es de verdad cuando la fe infunde en el entendimiento y la esperanza y el amor en las otras dos facultades espirituales más allá de la configuración que éstas le puedan ofrecer».
En definitiva, en la contemplación, Dios:
· Nos introduce en una experiencia de un amor que transforma; por tanto, es una actuación divina.
· Ésta actuación divina es pasivamente recibida por el hombre, «Descansan las potencias, y no obran activamente, sino pasivamente, recibiendo lo que Dios obra en ellas» (2S, 12, 8).
· La contemplación «es la definición en curso, viva de un creyente», por lo tanto, toca profundamente al íntimo del hombre, acercándolo a su Creador.
A la contemplación Dios nos llama, y por medio de ella nos une a Él. «Dieu se donne à tous et veut que tous arrivent à la contemplation». La contemplación tiene un carácter universal, porque Dios llama igualmente a todo el mundo para la comunión con Él. La pedagogía de Dios, nos enseña que el encuentro con Dios en la contemplación es un encuentro íntimo, personal y comunional. En este encuentro amoroso «se integran todas las energías y apetencias con lo que eso supone de superación de toda dispersión de afectos y deseos».
«A la experiencia desbordante y finalidad pedagógica, hay que añadir una nueva dimensión influyente en los escritos: estructura y elaboración teológicas». De hecho, en el Cántico espiritual Juan de la Cruz, acompañándonos a lo largo de nuestra transformación en Cristo, nos introduce ahora en los misterios de la Revelación, contemplados desde la fe y el intelecto e iluminados por ella: «Trinidad, Encarnación, el misterio de la gracia, pecado y perdón, la cruz, oración, etc. Son contenidos sólidos de la fe, de la contemplación y de la vida cristiana». Para Juan de la Cruz, junto con la Encarnación del Verbo, los misterios de la fe cristiana hacen parte integrante de las obras mayores de Dios, por tanto, son las obras en las cuales Dios se mostró intensamente a la humanidad, y es allí dónde la pedagogía de Dios nos muestra por su misma manifestación, su amor y misericordia para con la adultez del hombre.
Los misterios de la fe cristiana son obras mayores que sobrepasan nuestras facultades humanas, pero nos iluminan con su esplendor amoroso, y entonces es cuando empieza el principio de nuestro conocimiento de Dios, porque sólo por medio de la fe nos acercamos a Él; los misterios de la fe, por tanto, nos introducen en la hermosura de Dios que parece ser su misma esencia divina, cortan la distancia que existe entre Dios y el hombre, porque somos hijos suyos en Jesucristo nuestro Señor y también nos hacen sentir que somos hijos de Dios por el Espíritu de Jesús; en consecuencia, nos hacen suspirar por la perfección de nuestra filiación. Esto es la sustancia de la fe que es la vida del alma que busca a su Amado.
Dicho esto, no damos a entender que Juan de la Cruz hace una mera teología conceptual, sino que quiere enseñarnos métodos vitales, nacidos de una experiencia determinante de Dios y basados en la Escritura y la tradición de la Iglesia, dejando así que la Palabra de Dios cale en nosotros, interpelándonos desde lo hondo de nuestra existencia personal. Asimismo, quiere educarnos a elegir caminos ciertos para estar en continua sintonía de comunión con Dios. Por lo tanto, en el mensaje sanjuanista –sobre todo en Cántico- «Hay mucho de afectivo y sapiencial vital. A él se adhiere la pedagogía doctrinal. El enfoque decisivo procede de lo originario o radical que es la vivencia; se acomoda o corrige con la reflexión».
Ahora bien, si el hombre puede amar, es sólo porque Dios, primeramente, le ha comunicado la facultad de amar, potencia que no puede llenarse más que con la plenitud del amor mismo. Por eso, el corazón del hombre no se compensa con menos que Dios. Este amor divino caracteriza y sella todos los misterios de la fe cristiana, porque Dios mismo es amor y, por eso, estos misterios tienen sus raíces en Dios, que es amor infinito y comunicativo. De Dios salen y a Él vuelven, con una adherencia auténtica que es la simple participación de su amor comunicativo. Sobre esta base se edifica todo el mensaje del Cántico espiritual: «Así como Dios no ama cosa fuera de sí, así ninguna cosa ama más bajamente que a sí, porque todo lo ama por sí, y así el amor tiene razón de fin... Amar Dios al alma es meterla en cierta manera en sí mismo, igualándola consigo, y así ama al alma en sí consigo, con el mismo amor que él se ama, y por eso en cada obra, por cuanto la hace en Dios, merece el alma el amor de Dios» (C, 32, 6).
De ahí, es evidente que, por medio de la Revelación, la pedagogía de Dios nos acompaña cuidadosamente, a lo largo de nuestra existencia humana, como “una madre que acaricie a sus hijos”. Además, nos introduce, por su amor comunicativo, en los misterios de esa Revelación cristiana que es el colmo de su don misericordioso. Por la Revelación, hemos sido introducidos en el conocimiento de Dios y sus misterios y sólo podemos adherirnos a ellos por medio de la fe. En fin, por la Revelación Dios se hace presente en cada paso de la existencia personal del hombre.
Los misterios de la fe cristiana, o mejor, la fe nos lleva a amar únicamente a Dios. Esta facultad humana de amar –como arriba dijimos- «se pone en movimiento hacia Dios merced al don divino, a la mirada graciosa con que Dios favorece a su criatura. La Divinidad misericordiosa, “inclinándose al alma con misericordia, imprime e infunde en ella su amor y gracia, con que la hermosea y levanta tanto, que la hace consorte de la misma Divinidad” (C, 34, 2)». Desde el amor, todo comienza «porque poner Dios en el alma su gracia es hacerla digna y capaz de su amor» (C, 32, 5). Pero no perdamos de vista que, sobre Dios, no podemos pronunciar una palabra definitiva, porque Él es un ser escondido, sólo podríamos decir que lo amamos porque Él nos ama, y su esencia es el Amor.
He aquí pues, que los conceptos sanjuanistas tienen su fundamento básico, en la noción del Amor de Dios. Y es la fe, de la cual tanto habla Juan de la Cruz –y de la que es una autoridad estimada- y a la que ha dedicado un libro entero (2S) y que, de una manera o de otra, está fuertemente impregnada toda su obra, la que nos conduce a un solo fin, que es: Amar a Dios con todo el ser. De cualquier modo, la pedagogía de Dios está siempre presente ayudándonos a descubrir, saboreando por medio de la oración, lo que Dios por su infinita misericordia nos reveló en su único Hijo Jesucristo. La pedagogía de la oración, sea teresiana o sanjuanista, consiste, pues, en tener «una actitud que define al orante en su totalidad», es decir, tener una “determinada determinación” que engloba todo el ser del hombre dirigiéndolo hacia una sola meta: Amar a Dios y a los demás.
De entrada, o mejor dicho, desde las primeras palabras del Cántico, Juan de la Cruz pone en evidencia el tema de la oración, introduciendo así al lector en el impacto que van a producir en él sus consecuencias o efectos, consecuencias de las que están empapadas todas las bellas paginas del Cántico espiritual. La oración –como arriba dijimos- es un pilar imprescindible de esta obra sanjuanista. Sobre ella se basa toda nuestra relación con Dios, sobre ella estamos en continua sintonía con Él. Nosotros oramos porque necesitamos a Dios, Él no nos necesita, pero nos ama a pesar de nuestras deficiencias humanas. Este amor se hace manifiesto en la oración. En ella, por tanto, el hombre tiende a comunicarse con Dios, porque en Él encuentra su identidad definitiva, y fuera de Él es incapaz de entenderse a sí mismo. En la oración, el hombre va de viaje hacia su salvación; el punto de partida y de llegada es Dios, como eterno y omnipresente, creador y trascendido, pero presente en toda criatura.
Orígenes aclara que oración habitualmente significa súplica a Dios para pedir su apoyo e intercesión; esto es evidente, pero también insuficiente, porque la oración para nosotros, hoy día, significa algo más que esto: es -y con vocabulario sanjuanista- una expresión intrínseca de nuestra fe. La oración será el don de Dios sumergido en el ser cristiano, que hace posible la comunicación con Él, es aquella «relación interpersonal, vinculación real»...en la «que se descansa y se alimenta de contacto personal, vivo con Dios tripersonal». En la oración, entonces, Dios nos comunica su amor, nos revela la ternura de un Padre, y suaviza las dificultades por su transparente presencia entre los hombres. En una palabra, por medio de la oración, somos hijos en el Hijo único de Dios y tenemos acceso a Él. En cierto modo, cada vez que oramos, vivimos el misterio pascual, es decir, recordamos a Cristo muerto y resucitado, y en Él oramos a Dios.
Es evidente, pues, que la oración influye en toda la vida personal del hombre y tiene una gran importancia en el crecimiento de la persona humana; sin ella, el hombre se siente desequilibrado y sin sentido, inválido y sin vida interior; por tanto, hombre espiritualmente muerto. Dicho esto, las consecuencias de la oración son obvias: transformación de la mente, del corazón, de los sentidos y del cuerpo mismo, invasión de todos los ámbitos de la existencia personal y social.
La oración es de tal manera fundamental en el hombre que determina su ser, hasta tal punto que, «quien no conoce el rostro de Dios por medio de la contemplación, no lo podrá reconocer en la acción, aunque se le ilumine en el rostro de los humildes y oprimidos». Frase sorprendente y atrevida de Balthasar, que quiere resaltar la vitalidad imprescindible de la oración contemplativa hacia el conocimiento íntimo de Dios, y como criterio válido para medir una relación verdadera con Él. No hay que ir muy lejos, pues el mismo Juan de la Cruz enfatiza la gran importancia de la oración cuando dice: «Por ninguna ocupación dejar la oración mental, que es sustento del alma» y más adelante dirá en un tono más pedagógico: «Nunca falte en la oración, y cuando tuviere sequedad y dificultad, por el mismo caso persevere en ella, porque quiere Dios muchas veces ver lo que tiene en su alma, lo cual no se prueba en la felicidad y gusto» (Gp, 5 y 9).
En la oración, entonces, Dios educa a cada uno según conviene, y esto lo hace para que el hombre pueda perseverar en los duros caminos de la perfección cristiana, en la dura subida hacia el monte de la unión con Dios. Nuestro ejemplo por excelencia será siempre Jesús, orante ante el Padre. Jesús ora al Padre porque existe una comunión íntima con Él, y quiere que nosotros también tengamos la misma actitud ante Dios, es decir, una total confianza en Él, en lo bueno y en lo malo, sabiendo que siempre Dios nos ama. Esta comunión se hace realidad en la oración, configurándonos como caminantes hacia la unión amorosa con Dios; dicho de otra manera, en la oración, el hombre, por su relación con Dios, se siente transformado desde lo más hondo de su ser, y por esta transformación siente cada vez más la necesitad de una nueva transformación que le una totalmente a Él. En todo esto, Jesús está siempre presente, y por lo tanto, presente también su Espíritu, que conforma a su Iglesia peregrina, y la recuerda su responsabilidad como comunidad orante ante Dios.
La pedagogía de Dios ha hecho que la vida nueva en Cristo nos transforme en verdaderos orantes que caminan en fe hacia la plena comunión con Dios. Ahora, es la oración la que nos lleva de nuevo a vivir en Cristo, configurándonos cada vez más a Él; nos lleva, pues, a integrarnos en la Iglesia y a comprometernos en esta comunidad cristiana, para formar un mundo nuevo renovado por la fuerza animadora del Espíritu Santo. La pedagogía de la oración consiste, entonces, en desarrollar aquella primera gracia que nos comunicó Dios en el Bautismo. Desarrollarla, es vivir teologalmente ante Dios, que por consecuencia, nos lleva a relacionarnos íntimamente con Él.
La vida de quien ora no puede permanecer indiferente; todo su ser y su existencia son afectados por el trato íntimo con Dios. El orante comienza a experimentar un cierto distanciamiento de todas las cosas y de toda criatura, aunque en el fondo esté en íntima comunión con todo lo criado. Su manera de relación ha cambiado; todo lo antiguo se hace nuevo, porque una nueva luz es arrojada sobre la realidad, y el hombre comienza a ver con los ojos de Dios.
Consecuencia de la vida de oración es un desasimiento que favorece la purificación interior, y prepara al hombre para el encuentro transformante con Cristo. Es un desasimiento de toda riqueza, de toda seguridad, de todo apoyo humano y material. Esta actitud le abre a un gran universo, que no es más que el universo de la confianza ilimitada en la providencia divina. El hombre se siente sostenido por Dios, llevado y protegido por Él.
Paradójicamente, el hombre de oración comienza a amar tan intensamente que, con frecuencia, él mismo se sorprende de lo que está sucediendo; le han nacido alas para el amor, las fronteras van desapareciendo; cada hombre es su hermano, y una gran posibilidad para amar a su Señor. De ahí que el hombre orante experimente una gran atracción de amor por los pobres, por los sencillos, por los abatidos y necesitados del mundo. Amará los trabajos y padecimientos que por motivo de este amor tiene que asumir. Es un amor sin apegos, sin ataduras ni cadenas, es un amor en libertad.
Este desapego no sólo toca la vida de los demás sino que tiene que ver consigo mismo, ya que se comienza a dar muerte al yo para centrar en un Tú, que se transforma en un nosotros. Desaparece el temor ante la vida y ante la muerte; la muerte es anhelada como posibilidad de un gran encuentro con el Amado y el Señor. De ahí que, como consecuencia de la vida de oración, aparezca también la liberación del miedo, de la dependencia del qué dirán, liberación del egoísmo personal y de todo lo que ate la existencia.
Se abre una gran posibilidad de amor al Señor, a quien se le recuerda con frecuencia, porque: «el verdadero amante en todas partes ama y se acuerda del Amado». El alma se va silenciando, se recoge dentro de sí, y permanece atenta a toda moción interior, a toda llamada o indicio, que de parte de su Rey y Señor pueda llegar como sugerencia de amor, y signo de comunicación con Él. El alma vive más dentro de sí que fuera; se goza en su interior, porque allí lo encuentra todo; se siente habitada por su Dios y allí tiene todas sus complacencias. Su vida será, entonces, un permanente acto de amor, una continua experiencia de comunión con el Amado, un olvido de sí, aún de sus propias faltas y pecados, para arrojarse en los brazos de Dios, que es el “sustento que le sustenta”.
Después de lo dicho, los efectos más importantes de la vida de oración nos quedan suficientemente clarificados. Su función será únicamente llevarnos, cada vez más, a vivir conforme a la Persona de Cristo, enraizados en su palabra y testigos del Amor divino. Esto presupone una larga historia de amor y gracia por parte de Dios, y nos exige un compromiso fiel, hasta llegar a amar con toda fuerza y constante ejercicio. En esta historia, Dios nos descubre su amor, la persona se experimenta renovada, el alma se siente fuerte en Dios para combatir al demonio, que sin la oración, le es imposible hacerlo. El hombre se siente coherente y creciendo en las virtudes cuando persevera en la oración; por medio de la oración, el alma se eleva y recibe una visión de la belleza y la majestad divina. La relación con Dios produce como primordial efecto la santificación del hombre. En definitiva, el que ora está cumpliendo la palabra de Jesús: «Pedid, y se os dará» (Lc. 11, 9-10). La oración nos permite unirnos al Espíritu del Señor. La oración es una arma poderosa ante el peligro.
Se podrían enumerar más efectos y consecuencias de la oración, pero, nos contentamos con esto para concluir diciendo: para la pedagogía divina, la oración de los hombres elevada a Dios, es un momento muy importante, porque es allí dónde se cruzan dos caminos que se están buscando desde un largo tiempo (el Amado con su esposa) y por eso, Dios nos educa con todos los métodos adecuados (que Él sabe) para que tengamos siempre oración contemplativa, fuerza de comunión íntima con la Divinidad. Los místicos carmelitas lo confirman repetidamente; la oración para ellos es fuente del Dios vivo de Jesucristo, por tanto, un manantial que los lleva al Amor que nunca se acaba. Por eso proclama Teresa del niño Jesús con alegría delirante: «¡Jesús, amor mío..., al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el Amor...!».
Nuestro Doctor Místico no se cansa de repetir que el ser humano vive más donde ama que donde mora; término, que aunque se repetirá tres siglos después y, con otras palabras, por su fiel discípula y también “Doctora de la Ciencia del Amor Divino” Teresa de Lisieux: «En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor», se hace inseparable del camino místico, o mejor dicho, se hace necesario y vital en cualquier camino del hombre mientras exista.
Nos encontramos ante un término tan universal y delicado, que engloba toda la existencia humana desde sus inicios hasta su final, sin olvidar que, con ello, nos atrevemos a hablar sobre Dios y nos ponemos sucesivamente en marcha, para comunicarnos con Él, siempre desde el amor. La Revelación entra a formar parte intrínseca de la clara manifestación de ese Amor divino para con la humanidad.
“Amor”, palabra significante y globalizadora para nuestro místico, también inseparable de su vocabulario espiritual. La usa, nada más y nada menos que unas 573 veces, sólo en el Cántico espiritual, y casi 1806 veces en toda su obra. No perdamos de vista que el Santo prefiere también usar otros sinónimos a esta palabra, como por ejemplo, “amar, amado, amable, amoroso”.... De esto se desprende que la vivencia del amor, conduce la pluma de Juan de la Cruz, sellando unas letras de plena historia de amor, y lo dirige enteramente hacia la meta final de Dios, ya que el Santo opta por una vida teologal comenzada desde la fe y guiada hacia el amor. (Cf. 3S, 16). Por consiguiente, podríamos afirmar con Juan de la Cruz, que el amor será siempre lo primero al dirigir nuestras miradas hacía Dios, y lo último a tener ante Él.
El amor es el don más propio de la iniciativa divina, porque Dios es el que ama primero. Al hombre le corresponde responder fielmente a este amor que ha recibido como don. Cuánto más el hombre se abre a este amor, dejándose llevar por sus sendas y sin preocupación por el resultado, mayor es también su progreso hacía la unión con Dios. El amor por tanto, acelera y consuma el camino realizado por el hombre e impulsado por Dios. Esto compromete a un riesgo muy grande, por parte del hombre, a lanzarse al vacío, a la inseguridad..., a perder todo por un fin; y esto lo puede hacer, solo porque, amando tanto Dios a su criatura, se hizo hombre, perdiendo todo lo que le caracteriza, para rescatar al hombre, es decir, por amor, Dios arriesgó su ser divino, encarnándose como uno más entre la multitud, en el seno de la humanidad, para restablecer la alianza de amor hecha entre Él y el hombre.
La iniciativa de amar, parte siempre de una propuesta divina. Dios no se da por satisfecho, con el simple mirar al alma para amarla y tener misericordia de ella, sino «adama al alma», que «es amar mucho; es más que amar simplemente; es como amar duplicadamente» (C, 32, 5). Este es el método de la pedagogía de Dios, es decir, mira primero al alma, «dándole gracia para agradarse de ella» haciéndola «digna y capaz de su amor». «Luego se prenda de las gracias que él mismo ha puesto, lo que es dar más gracia, o gracia por gracia» (C, 32, 5 y 33, 7). Eso es «adamar» Dios al alma: «Viéndola graciosa a sus ojos, mucho se mueve a hacerla más gracia, por cuanto en ella mora bien agradado» (ib.).
Visto desde aquí, el amor implicaría una experiencia previa y fundante de Dios, una experiencia sobre la cual se basaría todo ser humano afectado por Dios y estimulado para recorrer el camino del encuentro con Él. El amor debe ser desinteresado, imparcial e incondicional. Para amar verdaderamente, nuestro amor ha de ser radicalmente impregnado de amor infinito, si no, el amor será siempre egoísta, incompleto e irreal. La esencia del amor verdadero es Dios mismo, «porque Dios es amor» y por tanto, todo amor basado en Dios, ha de ser purificado, es decir, pasado por las virtudes teologales, y así se restablece la dignidad del amor humano para con la unión de Dios.
Ahora bien, nunca podríamos abarcar, del todo, el misterio del amor divino; sólo tenemos una pálida intuición que nos pueda aclarar algo: «¿Quién podrá decir hasta dónde llega lo que Dios engrandece a un alma cuando da en agradarse de ella? No hay poderlo ni aun imaginar; porque, en fin, lo hace como Dios, para mostrar quién él es. Sólo se puede dar algo a entender por la condición que Dios tiene de ir dando más a quién más tiene; y lo que le va dando es multiplicadamente, según la proporción de lo que antes el alma tiene» (C, 33, 8). En la medida que el alma responde, correspondiendo al amor infinito de Dios, Dios se le va multiplicando el don de su amor. Dios la «adama», la ama duplicadamente.
«Detrás del proceso sanjuanista de trascendencia de la sensibilidad se esconde un Dios entrañablemente materno». El amor de Dios es un amor más verdadero que el de una madre, pero también trascendente. Dios nos ama para engrandecernos con su amor, es decir, nos comunica su amor por amor a nosotros. Amándonos así, la pedagogía de Dios, nos exige renuncia y purificación de todo lo que no es Dios, para poder llegar al más profundo centro del alma dónde solo Dios mora. La pedagogía divina nos toca con mano blanda a lo largo de nuestro camino hacia la unión con Dios. Esto es lo que llamamos: La conversión.
Llegado aquí, el hombre responde amorosamente a Dios, sepultando a su viejo hombre, descompuesto por el pecado y resucitando con Cristo a una vida nueva; por lo tanto, la conversión es un paso indiscutible para la transformación en Cristo, que ya ha comenzado en esta vida y ha adquirido altos niveles (Cf. Ef. 2, 4-6).
Ya hemos visto cómo basta una mirada de Dios para cambiar todo el programa de la vida del hombre. Viéndose acariciado por su misericordia, el hombre recuerda «de aquel primer estado suyo tan bajo y tan feo, que no sólo no merecía ni estaba para que le mirara Dios, mas ni aun para que tomara su nombre en la boca» (C, 33, 3). Luego, haciendo memoria de las misericordias recibidas de Dios, «toma ánimo y osadía para pedirle la continuación de su comunicación» (ib.).
Conmovido por la bondad misericordiosa de Dios, y cayendo en la cuenta de su gran deuda para con Él, el hombre se siente retocado por las caricias divinas y responde con la conversión de su corazón, es decir, adopta “una determinada determinación” de corresponder al amor de Dios y de jugárselo todo por Él. Desde aquí, Dios va recreando al hombre con su Espíritu «al modo que la amorosa madre hace al niño tierno» (2N, 1, 2). Arrancando con una grande fuerza interior, el hombre emprende su camino de búsqueda, en fe y amor, pelea contra «los fuertes y fronteras», lucha para encontrar este amor transformante de Dios, siente la presencia del Amado y, finalmente, se une a Él en la plenitud del amor. En esta aventura de amor el hombre saborea la gloria de Dios, se da cuenta de que este camino fue posible gracias a la dinámica del amor.
Teresa de Lisieux, que es consciente de lo esencial, se «hacía eco del deseo más radical de la naturaleza humana, cuando expresando su propio tormento, escribía, sintetizando en unas pocas palabras lo que ella consideraba como la finalidad de su existencia: Amar, ser amada hacer amar al amor». En definitiva, ¿qué mejor programa puede tener un cristiano ante Dios? O mejor dicho, ¿con qué respuesta puede corresponder mejor al amor de Dios, que desde el mismo fundamento del amor? Con Juan de la Cruz tenemos la respuesta: el amor es la base y el fin de toda ciencia pedagógica: «No piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios; y adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor...» (Ep. n. 26).
Concluyendo el tercer y último capítulo de nuestro presente trabajo, destacamos algunos puntos esenciales:
a) Para Juan de la Cruz, Dios nos educa a través de su Hijo, enderezándonos el camino para vivir una nueva vida transformada en Él, y por tanto meta y esperanza de nuestra unión amorosa con Dios.
b) La oración, es el camino que nos lleva a la nueva vida en Cristo y, a la vez, el instrumento eficaz e imprescindible que nos devuelve siempre a Dios por Cristo.
c) En esta vida nueva y amorosa con Cristo, basada sobre el fundamento inquebrantable de la oración, la pedagogía de Dios nos guía en el camino con su ternura, y su presencia materna. Nos educa a tener todo puesto en Dios como nuestro único objetivo.
d) El hombre se ha de comprometer directa y voluntariamente en el camino espiritual hacia la unión amorosa con Dios y, por tanto, la convicción de que Dios nos ama, nos lleva a rechazar cuanto nos impide realizar esta vocación de correspondencia al amor misericordioso de Dios. «Por tanto, el alma que le ha de hallar (a Dios) conviene salir de todas las cosas según la afección y voluntad y entrarse en sumo recogimiento dentro de sí misma, siéndole todas las cosas como si no fuesen» (C, 1, 6).
e) En Cristo, el amor de Dios nos desborda inefablemente, nos llama a una nueva vida de Santidad, a vivir desde la fidelidad creativa de dicha llamada. Por tanto, nadie está exento de la responsabilidad de su vocación.
f) Por medio de la oración, hagamos realidad nuestra vocación al amor de Dios.
CONCLUSIONES
Hemos llegado al final de nuestro trabajo, con el que llega también el momento de hacer la recapitulación de las conclusiones más importantes que se han ido consiguiendo a lo largo de estas páginas. Al llegar aquí, me queda un hondo sentimiento de gratitud y serenidad por haberme encontrado con la persona y los escritos de San Juan de la Cruz, Doctor Universal que tiene una autoridad espiritual y mística deslumbrante y, en él, con el camino determinante que lleva todo creyente a la coherencia constante y a la serena estabilidad personal, es decir, al sentido último de su llamada, que es la unión amorosa con Dios. Este camino lo hemos hecho de la mano de Juan de la Cruz, hombre que vivió una relación íntima, concreta y real con el Dios de Jesucristo en la historia. Por todo esto, sobran muchas veces las palabras para describir esta relación amistosa con Dios, ya que su misma vida habla de todo ello; aún más, porque cada vez que uno se adentra en esta relación íntima con Dios, las palabras se quedan cortas para expresar dicha experiencia, o mejor dicho, se choca con lo “indecible” cuando se trata de describir a un Dios que tanto ama al hombre hasta sacrificarse a sí mismo por él, poniéndolo al mismo rango de la divinidad. Teniendo en cuenta que, con San Juan de la Cruz, es posible llegar a la culminación de la experiencia mística y el anhelo supremo de todo hombre, podemos tener en consideración las siguientes conclusiones, sin por ello creer que el tema de la “pedagogía de Dios” quede concluido o suficientemente elaborado.
Todo el proceso de la pedagogía de Dios nos lleva a ser efectivamente adultos en la fe, una fe que puede dar una verdadera respuesta al mundo de hoy, contrastando, por su sinceridad creíble, tanta increencia e indiferencia, idolatría y engaño. De hecho, el Concilio Vaticano II, está cabalmente convencido de que esta tarea de una auténtica respuesta a un mundo tan secularizado y debilitado por tantas formas de la “no-fe”, toca al «testimonio de una fe viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer». En este sentido, la doctrina pedagógica de San Juan de la Cruz sobre la fe y de su proceso hacia la unión con Dios, tiene un gran merito, pues todo su objetivo espiritual está a favor de una fe dinámica, madura y purificada en el camino oscuro de la misma, y que puede por tanto, confiar y creer únicamente en el Dios de Jesucristo. En este enfoque lógico y maduro de la fe –especialmente de las tres virtudes teologales, fe-esperanza y caridad- Juan de la Cruz parece tener una aportación casi original.
En el aspecto antropológico, Juan de la Cruz, concibe al ser humano como espejo de su misma experiencia del yo personal. Desde su relación íntima con Dios y, como él es en persona, hombre humano y sensible a la presencia de Dios en el universo, concibe también a los demás, y, quiere que tengan el mismo trato íntimo con Dios, porque desde allí el hombre vive. Nuestro Doctor Místico es hombre con una figura unitaria y con un sólo ideal: la unión con Dios, Dios y sólo Dios. Para él, como para la madre Teresa de Jesús: “Solo Dios basta”... Son creencias que persisten para siempre, y hacia ellas, el autor de Subida y de Cántico nos quiere educar, es decir, a tener una fe que trasciende por su autenticidad la superficialidad del infantilismo, del sentimentalismo y, por supuesto, del egoísmo sensual y apetecible.
Estamos, pues, ante un ser que se hace presente a través de su comunicación, ante un hombre de una riqueza tremenda y a la vez profundamente encarnada, tal, que nos invita a vincular con lo más nuclear del Evangelio, siendo él mismo un gran ejemplo de la opción por la persona, por lo humano enaltecido por el Amor de Dios. El hombre es grande porque Dios lo es primero, y, por eso, se dice que la razón más digna de esa criatura humana es la comunión con su Creador. El hombre no tendrá valor ninguno fuera de la existencia de un Ser Trascendente y más digno que él al que se puede dirigir. Ahora bien, sabemos de sobra que Juan de la Cruz no conoce de memoria lo que acabamos de decir sino que lo ha vivido en su propia carne y espíritu, encarnando en su persona unos valores humanos y pedagógicos que pueden ser un verdadero paradigma para todo hombre que quiere alcanzar la divina unión con Dios.
Juan de la Cruz contempla la Belleza de un Dios del cual está estremecidamente “obsesionado”. De allí todo surge. Su vida está bien dominada por Dios. Nos lo hace entrever –primordialmente- a través de sus escritos, sus medios de comunicación con los demás, su manera de vivir, sus diversas tareas en la vida, su palabra contagiosa, los testimonios directos o indirectos... En definitiva: -Si todos estos elementos, de hecho pudieran hablar, nos dirían que- Juan de la Cruz sacrifica todo por el Ideal de su existencia, es decir, encontrarse a Dios en la vida, y con Él empezar el camino. ¿Y entonces?...
Entonces, toda la realidad sanjuanista repercutirá en nosotros, admiradores de su persona y continuadores de su doctrina y enseñanza. Juan de la Cruz, -aunque tuvo una vocación para ser un verdadero formador en la vida- no se propuso voluntariamente educar a la gente, sino que, la fuerza del Dios que mora en su interior y que lo modela enteramente, transforma su persona, sale al exterior y contagia a los que encuentra en el camino. Esta es la razón por la cual se sigue diciendo que, aunque más de cuatro siglos nos separan de Juan de la Cruz, no obstante, siguen influyendo su persona y sus escritos en el mundo de hoy, lo seguirán siendo también en el futuro y quizá con máxima influencia todavía, por la misma razón del Dios vivo que mora en él, y que nunca se termina. De ahí que Juan de la Cruz tiene una enorme capacidad pedagógica, que sólo, seremos capaces de captarla, cuando sintonicemos con el proceso de Dios.
La raíz a la cual apunta toda la pedagogía de Juan de la Cruz, no está tanto en la purificación de la simple percepción o sensación, sino en el “apetito”, “el apego”, “la afección”, “la dependencia”, que pueden desviar nuestra mirada de Dios. Aquí reside la necesidad vital de que el hombre se libere de esa condición carnal que conduce únicamente a la muerte del espíritu. Deduciendo, resulta que Juan de la Cruz está a favor de los “apetitos” que pueden, de una manera u otra, llevarnos a Dios, pues él mismo tenía gran “obsesión” por la Belleza.
En el proceso de la maduración y de la adultez espiritual, Dios enseña al hombre adiestrándole peldaño a peldaño, para tener una fe adulta, educada por todos los medios que a Dios les parezca adecuados. Para tener esa fe, viva y adulta, el hombre, a impulsos de Dios, tiene que purgar su misma fe de las representaciones ficticias, por medio de la Palabra de Dios, purgar su voluntad de las “afecciones desordenadas”, y finalmente purificar su amor desviado para que se convierta en amor liberado para Dios, y para los demás. Todo este proceso conlleva un complicado y durísimo camino en la Noche Oscura.
Pero en el paso de la pedagogía divina, Dios educa, íntegra y completamente a la persona humana. En su educación, Dios apunta mirando a toda la persona como tal, es decir, a lo familiar, lo privado, lo social, lo individual, lo eclesial, lo civil, lo físico, lo emocional, lo psicológico y lo espiritual, etc. Tanto en su educación como en su amor, Dios contribuye a la realización de una humanidad integrada. Cuanto mayor es la colaboración del hombre al plan divino, más van convergiendo todas estas diversas facetas, sintetizándose y, finalmente, como unificándose en una dimensión: la mística.
Dios se acomoda a la marcha y al ritmo del hombre, conduciéndole muy poco a poco y por sus “términos” a la meta, es decir, según las posibilidades reales y actuales de cada hombre. Por tanto, Dios va al paso que el alma puede llevar, tiene en consideración a cada persona como única y singular, por tanto, llama diferentemente a la santidad, a la transformación, a la plenitud del ser humano, a la realización de una identidad libre, en fin, a recobrar la imagen primitiva del ser humano, es decir, creado a imagen y semejanza de Dios. El principio posee unas características de un cruce de caminos, de una entrada en la Noche. El camino es lento, por tanto, exige una “determinada determinación”, es decir, un compromiso personal que involucra enteramente a la persona humana a colaborar con la Providencia divina. «Sabemos que Dios interviene en todas las cosas tornándolas para bien de los que le aman» (Rom, 8, 28). Nada, ni existente ni creíble, ni real ni imaginable, se fuga de la divina Providencia. (Cf. Rom, 8, 38-39). En el proceso educativo del hombre, Dios utiliza muchos medios para el fin propuesto. Desde la Noche oscura en la cual hace entrar al hombre a fin de que se purifique de todos sus apegos apetecibles, hasta la comunión entre Dios y el hombre, que a su vez se realiza en mediaciones, Dios va preparando al hombre indirectamente, por tanto, es importante saber distinguir entre las mediaciones auténticas (Cristo, Iglesia, hermanos, razón...), y las inauténticas, es decir, falsas, y que a ellas no se debe recurrir ni detenerse. En consecuencia, para ir abriendo el camino hacia Dios, hemos de entrar en un camino duro pero suave, porque allí está siempre Dios. El hombre, con sus aportes, sus decisiones y predisposiciones personales ante la pedagogía de Dios, tiene una participación activa en el proceso de comunión.
La iniciativa es siempre divina. Dios primero invita al hombre para que pueda vivir en comunión con Él. Dios ama al hombre para que éste pueda perseverar y madurar en el camino de la perfección, lo ama tanto hasta tal punto de recrearle nuevamente. Ahora el hombre se encuentra renovado desde lo interior y puede dedicarse totalmente a Dios. Su gracia (de Dios) entra a formar parte integrante de esa iniciativa. El toque divino, es decir, el estilo de Dios, se adapta siempre a los criterios básicos de todo hombre. Dispone todas las cosas con suavidad, “mueve todas las cosas al modo de ellas”, en consonancia con el “adagio teológico”. Dios siempre es el principal agente en educar a las almas. Partiendo siempre de la iniciativa divina, se encuentran otros medios que, por voluntad divina, llevan al hombre hacia la comunión con Dios, como por ejemplo: acción del Espíritu Santo, modos dignos de Dios, vida teologal, el Misterio de la Encarnación... De ahí, para llegar a la perfección es necesaria una debida preparación intensa, y una purificación profunda.
Dios, con su pedagogía divina, hace entender al hombre en el largo camino de la Noche, que el fin de su educación, es lograr obtener hombres libres. Libres de todo obstáculo que pueda minimizar la dignidad del ser humano en su relación con Dios. Por tanto, la libertad interior es necesaria para la comunicación con Dios. En este sentido, el hombre liberado de cualquier atadura o apetito desordenado, puede vivir ahora la vida según el Espíritu como verdadera libertad, como vida propia de hijos de Dios, recreados en la vida nueva de Cristo, meta última y que se puede conseguir con la ayuda de la gracia divina, es decir, de la intervención de Dios.
Para Juan de la Cruz, Dios nos educa a la vida nueva en Cristo. Su pedagogía consiste en formarnos en el amor que nos manifiesta en el misterio de la Encarnación. Jesús, por tanto, es el punto nuclear de la Revelación y de la Salvación cristiana, y en consecuencia de toda la acción divina en la formación del hombre hacia la perfección. Jesucristo es el artífice principal de todo el proceso de la liberación del hombre, es el Cristo salvador y liberador en el tiempo. De hecho, su obra salvífica en el mundo nos ha hecho en realidad, hijos en el Hijo. La encarnación del Hijo de Dios en el mundo es un signo de compromiso de amor de parte de la pedagogía de Dios para con la humanidad. En el camino de la unión con Dios, el paso por Cristo es obligatorio, porque Dios en Él manifiesta su rostro a la humanidad. Por tanto, es una vuelta que implica una radical transformación, un hacerse criatura nueva en Cristo en la cotidianeidad de la oración, hasta llegar a la plenitud de la divinización. La humanidad vive ya en Cristo una realidad escatológica.
El Cristo de Juan de la Cruz, es el Cristo de la fe, una fe que pone toda su atención en el Cristo muerto y resucitado para salvarnos. Es, en definitiva, el Cristo de la segunda Persona de la Trinidad. Dicho esto, está claro, que tanto para San Juan de la Cruz como para toda la cristiandad, no hay progreso al margen de Cristo, ni se deja de progresar estando en Él. En Cristo, todo cristiano vive y crece en el mismo modo y crecimiento de Cristo, porque el cristiano está unido a Él por el Bautismo. Por tanto, en Cristo toda la Trinidad se complace, porque Dios está en Él, y desde Él Dios se manifiesta a la humanidad.
El encuentro amoroso con Cristo lleva el hombre a progresar en su crecimiento, hasta lograr la perfecta “estatura” de Cristo, es decir, el camino seguro hacia la unión con Dios. En el estado del matrimonio espiritual, el alma se siente como si viviese en la eternidad. Dios actúa plenamente en este estado de encuentro entre los dos amantes. El hombre está en su proceso hacia la divinización; se puede decir, entonces, que el hombre viviendo plenamente según lo educa Dios, su vida tiene ya calidad de vida divina. El alma se encuentra plenamente transformada en la vida nueva de Cristo, y por tanto, respira de la misma respiración de Dios, en comunión con la Santísima Trinidad. En resumidas cuentas, la pedagogía de Dios, en Cristo, educa al hombre hasta que pueda acceder filialmente al Padre.
En la oración, el hombre expresa plenamente sus relaciones filiales con Dios. En ella, el hombre inicia su camino y consecuentemente lo culmina. Por eso, hemos de adherir nuestra voluntad personal a esta oración, pues es la que Cristo enseñó y cuyas peticiones se contienen todas nuestras indigencias espirituales y temporales.
Si, cuando por iniciativa divina el hombre inicia su camino hacia Dios, Éste se adapta a su paso, al final el hombre ha de adaptarse al paso divino, porque esto es el fin último y definitivo de la pedagogía de Dios para con el hombre, es decir, llevar al hombre a la culminación divina.
La pedagogía divina actúa plenamente en la Noche oscura de nuestra transformación en Dios. En ella, Dios se entrega y actúa más a fondo. Es desde allí, donde Dios va transformando plenamente al hombre, desde lo hondo de su “castillo interior”. Actuando así, Dios crea de nuevo al hombre, aunque para hacer eso, lo meta en La Crisis de su transformación, en El Vacío completo, para que luego pueda salir transformado. La Noche sanjuanista es positiva, porque es obra de Dios.
La llamada a la perfección o a la comunión con Dios es universal, por tanto, todo hombre, cualquiera sea su raza, en cualquier tiempo o lugar en el que viva o exista, está llamado a unirse a Dios. El hombre fuera de Dios, no es nada, con Él es todo. El hombre es la criatura más valiosa entre todas las demás, pues Dios se entregó totalmente a ella por amor. El hombre a su vez tiene que pensar sólo en Dios, entregándole su vida entera. «Un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo; por tanto, sólo Dios es digno de él» (D, 34).